Dios y el César no son dos opciones que estén al mismo nivel

Muchas veces se ha interpretado el dicho “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” en el sentido de que hay como dos poderes bien diferenciados, el civil y el religioso, y que deben respetarse cada uno sus propias atribuciones, y que todos debemos respetar a ambos.

De ahí que algunos llegan a la conclusión de que la Iglesia no debe meterse en política ni hacer juicios a los dirigentes políticos, sino dedicarse más bien a las cosas de Dios, o a sentenciar que las cosas políticas no tienen nada que ver con Dios. Nada más lejos de la verdad.

El sentido de las palabras de Jesús no fue ese ni mucho menos. Al separar a Dios del César, al desmitificar la figura del emperador, al decir que el emperador no era Dios. Jesús le está quitando a la autoridad la base religiosa en la que quiere apoyarse. Esta, o tiene base democrática o es dictatorial.

Ciertamente existen los poderes civil y religioso. Pero el proyecto de Dios, lo que a Él hay que devolverle, la vida del pueblo y de las personas, un mundo justo y fraternal, tiene que ver mucho no solo con la religión, sino con la política. Por eso, precisar en la sociedad la imagen de Dios y lo que es de Dios e intentar devolvérselo es muy comprometido.

Jesús proclama en esta controversia la soberanía de Dios, y a la vez proclama la libertad de conciencia de las personas, y con ello rechaza todo tipo de idolatría política y de presión religiosa o el uso de Dios para lograr algo perteneciente al mundo del César. En otras palabras no es evangélico ni llegar a Dios a través de la presión del Estado, ni llegar al poder político a través de la presión e influencia religiosa.

De ahí la importancia de asumir con honestidad el reto de ser discípulo y ser ciudadano. Es por eso que hoy a la luz de este Evangelio te invito a reflexionar seriamente: ¿Cómo debes vivir tu ciudadanía, tus compromisos políticos? Y sobre todo, ¿cómo ser verdadero discípulo – discípula del Señor?

Ten presente que la imagen de Dios no está grabada en una moneda. La imagen de Dios está grabada en tu corazón. Por eso, todo ser humano es imagen de Dios. Y todos nosotros y nosotras somos la moneda que Dios hizo y que lleva grabada su imagen.

¿Has caído en la cuenta de que llevas grabada la imagen de Dios y de que has sido creado a su imagen y semejanza? Y que la inscripción en torno a esa imagen dice: “Tú eres mi hijo-hija, te quiero”. Por eso, podemos afirmar con alegría, que nosotros, todos y todas, somos imagen de Dios y no somos imagen de ningún César.

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