Una vez más la palabra de Dios viene a tocar un elemento esencial en la vida del cristiano: dar sin esperar nada a cambio; vivir en la humildad porque desde esta virtud vamos a ir creciendo y asumiendo el gran proyecto del reino de Dios que se ofrece a los más desventajados. Y esta verdad, siendo tan obvia, se escapa en demasiadas ocasiones haciendo que la vivencia de nuestra fe esté enmarcada en las posiciones, en los puestos de confianza, en el alcanzar reconocimiento. Pero recordemos: es todo lo contrario.
Basta con recordar que el Señor, el Maestro, el Hijo de Dios, no vino a ser servido sino a servir y dar la vida en rescate por todos (Mt. 20,28); Él que no hizo alarde de su categoría de Dios (Fil. 2,6). Y mostrando

Jesús esa verdad contundentemente no hemos sido capaces de asumirlo con la misma radicalidad. Les invito a mirar con detenimiento y a preguntarnos: ¿hacemos nosotros lo mismo?

La Primera Lectura del Eclesiástico nos lleva de la mano de la sabiduría de Israel. Esta nos ofrece unas consignas: Procede con humildad, Hazte pequeño en las grandezas humanas, entre otras que nos invitan a reafirmarnos en valores que son vitales para responder con justicia y equidad. Estas respuestas son las que agradan a Dios y te hacen un mejor hijo suyo.

El Salmo responsorial es toda una aclamación de acción de gracias pero cargada de una gran alegría de parte del salmista. Este reconoce las acciones de Dios; detalla las mismas: Padre de huérfanos, protector de viudas, libera a los cautivos, alivia la tierra extenuada, signos que manifiestan la misericordia de Dios y su presencia en la historia de Israel.

La Segunda Lectura nos lleva a marcar una diferencia entre la manifestación de Dios en la antigüedad y la que se da en el Nuevo Testamento. Nos presenta dos cuadros impresionantes: por una parte la antigua alianza con su espectáculo de terror y oscuridad y, por otra parte, la nueva alianza, con su gloria y majestad. Dios manifiesta su amor de manera diferente, porque el momento era diferente. Pero en ambas su palabra expresa un llamado a la fidelidad y una propuesta de salvación para el que en Él crea.

El Evangelio nos lleva a la reflexión en el marco de una invitación y de las respuestas que se esperan de aquellos a los que se invitan. Jesús accede a comer en casa de uno de los principales fariseos, y como era costumbre es observado para emitir juicio sobre su comportamiento, suponemos que para lanzarse luego a la crítica si no era consecuente con su enseñanza.

La primera enseñanza es: sé humilde y jamás te creas superior al otro. Por ello invita a que el que te invita reconozca tu valor y te siente en un lugar apropiado; eso no lo debes hacer tú. Por otro lado insiste en que la invitación has de hacerla a aquel que no puede devolverte con otro convite. Recordándoles los preferidos del reino: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Esos sí que no te pueden invitar y a quienes has de demostrar tu solidaridad y compasión.

Como decía al principio, dichoso porque no puede pagarte; porque has respondido por generosidad ante el necesitado y no requieres que se te devuelva el favor. Es eso precisamente lo que Dios quiere de nosotros; que demos, que colaboremos, que ofrezcamos sin esperar otra cosa que la alegría del servicio. ¡Qué distinto sería nuestro mundo si lográsemos esa meta que siempre ha estado en el Evangelio pero que en demasiadas ocasiones se nos olvida!

Atención, por tanto, mucha atención.

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