Cuando un niño necesita protección, la Iglesia responde  

En una época en la que con frecuencia las noticias sobre la niñez se limitan a estadísticas o casos de violencia, la Casa del Niño Manuel Fernández Juncos recuerda que detrás de cada historia existe una vida que merece una nueva oportunidad. Desde hace 120 años, esta institución ha abierto sus puertas a menores que han sido separados de sus hogares por situaciones de maltrato, negligencia o abandono, convirtiéndose en un espacio donde la protección, la educación y el acompañamiento buscan devolverles la esperanza. 

Actualmente la institución atiende a varones entre los 8 y los 18 años referidos por el Departamento de la Familia. Sin embargo, como explica su director ejecutivo, el P. Rodolfo Vega, Religioso Terciario Capuchino conocidos también como Amigonianos, la misión va mucho más allá de ofrecer un techo seguro. 

“Nos convertimos en la institución que los protege para que su proceso de desarrollo no se interrumpa”, explica el sacerdote. Los menores llegan con incertidumbre, muchas veces sin comprender por qué fueron separados de sus familias. Poco a poco descubren un ambiente donde recuperan hábitos, continúan sus estudios y fortalecen aspectos emocionales y psicológicos que les permiten reconstruir su proyecto de vida. 

Uno de los aspectos más significativos de la historia de la Casa del Niño es que, aunque se trata de una corporación sin fines de lucro dirigida por una junta de ciudadanos laicos, en 1988 sus directivos entendieron que la obra necesitaba un nuevo impulso y decidieron confiar su dirección a una congregación religiosa. Así fue como invitaron a los Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, quienes desde entonces han acompañado la misión educativa y social de la institución. 

Lejos de sustituir la naturaleza civil de la organización, los Amigonianos aportaron el carisma que los distingue desde su fundación: la educación y recuperación integral de niños, adolescentes y jóvenes en situación de vulnerabilidad. 

La congregación forma parte de la gran familia franciscana y fue fundada por el obispo español Luis Amigó, un fraile capuchino cuya causa de canonización continúa su camino en la Iglesia. Inspirados por el espíritu de san Francisco de Asís, los Amigonianos han desarrollado durante más de un siglo una pedagogía centrada en la dignidad de la persona, la educación personalizada y la convicción de que todo ser humano puede reconstruir su vida cuando encuentra acompañamiento y oportunidades. 

Esa misma misión no se limita a la Casa del Niño. En Puerto Rico también desarrollan el Politécnico Amigó, otro proyecto educativo y social mediante el cual continúan promoviendo oportunidades de formación y crecimiento para jóvenes, ampliando así el alcance de su servicio pastoral y educativo. 

Durante la entrevista, el P. Vega señaló que los desafíos que enfrentan los menores han cambiado profundamente. Hoy observan un aumento en dificultades emocionales, problemas de aprendizaje y otras situaciones relacionadas con el uso inadecuado de la tecnología desde edades muy tempranas. Ante esa realidad, afirma que la institución debe continuar preparándose para responder con mayores recursos y capacitación especializada. 

Aunque la Casa del Niño mantiene una política de respeto hacia la libertad religiosa de cada menor, el sacerdote explicó que la dimensión espiritual sigue siendo un elemento importante dentro del proceso educativo. Quienes libremente desean recibir formación católica encuentran ese acompañamiento, mientras que todos los residentes reciben una educación basada en valores humanos, el respeto y la convivencia. 

Quizás uno de los testimonios más esperanzadores sea ver regresar a antiguos residentes convertidos en adultos que hoy sirven como educadores o colaboradores de la institución. Quienes un día fueron acogidos ahora acompañan a otros niños que atraviesan circunstancias similares, prolongando así una cadena de solidaridad que ha marcado la historia de la Casa durante más de un siglo. 

Sostener una obra de esta magnitud requiere también el compromiso de toda la sociedad. Las necesidades van desde donaciones de artículos de higiene y limpieza hasta aportaciones económicas y programas de voluntariado para compartir tiempo con los menores y apoyar distintas iniciativas de la institución. 

Al concluir la entrevista, el P. Rodolfo expresó su gratitud por la solidaridad del pueblo puertorriqueño, una sensibilidad que pudo experimentar especialmente tras el paso del huracán María y que continúa manifestándose cada vez que una persona decide apoyar a quienes más lo necesitan. 

La historia de la Casa del Niño Manuel Fernández Juncos demuestra que la misión de la Iglesia no se limita a los templos. También se hace presente allí donde un niño encuentra protección, donde una herida comienza a sanar y donde una comunidad decide caminar junto a quienes más necesitan una oportunidad para volver a creer en el futuro. 

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