Adentrados ya en el corazón de los días penitenciales, sería recomendable reconocer que no siempre entendemos el propósito y razón del llamado a la disciplina cuaresmal. Más que una obligación, debe de ser una respuesta voluntaria y generosa al llamado de la conversión. Es la invitación a ser dueños de la vida y no meras víctimas.  Desde tiempos inmemoriales, el ser humano siempre ha buscado algo más grande que sí mismo. Existe una cierta urgencia en lo más íntimo de su ser, que lo compele a la búsqueda de su superación. La historia de todas las religiones, según la conocemos, se basa en esa experiencia de relacionarse con una fuerza superior. La gran mayoría de esas experiencias espirituales, incluyen normas de disciplina y purificación personal. El cristianismo no es diferente.

Una mirada a la historia del cristianismo, judaísmo e islamismo, (las tres grandes religiones del mundo), revela un cierto patrón en la experiencia de fe. Dios, envuelto en misterio, se revela libremente a su creación. El ser humano, recipiente de la revelación, se rebela contra su creador y cae en desprestigio. Dios creador, insiste en rescatar el objeto de su amor y le ofrece los auxilios necesarios para su reconciliación. El ser humano se hace merecedor de esa gracia, solo a través de una vida disciplinada de sacrificio, que le abre camino al reencuentro con Dios. A riesgo de simplismo, ese más o menos es el patrón de la experiencia religiosa.

Todos los creyentes en Cristo Jesús vivimos un arraigo inevitable con el judaísmo. El pueblo de Israel sigue siendo considerado el pueblo escogido por Yahvé y nosotros, sus herederos. La vida de fe de ese pueblo queda marcada por la infidelidad y la compasión recurrente de Dios. Se puede entonces interpretar el tiempo de Cuaresma, como la búsqueda intensa de restaurar el corazón del creyente con el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Cada bautizado está invitado a responder generosamente al llamado a la conversión. El ritual dramático del Miércoles de Ceniza proclamó con claridad el Conviértete y cree en el Evangelio. No todos los que marcaron su frente con ceniza ese día, necesariamente se comprometieron a ese proyecto de cambiar sus vidas. Pero, como en cualquier relación de amor, así también entre nosotros los creyentes, el que más ama, es el que muestra mayor disponibilidad de sacrificio y entrega.

El desierto es el lugar simbólico y apremiante de lo que se sugiere, vivamos en la Cuaresma. Es el lugar donde Jesús el Señor se enfrentó a demonios y ángeles, (Mc 1, 12-15). Y así es también para los bautizados. Lugar donde se confronta la conciencia, con un empeño renovado de desenmascarar los demonios que acosan y estorban el camino de la virtud. Nadie supera su condición pecadora, sin un empeño intencional de superar el amarre de sus debilidades y caprichos diarios.

Gran ayuda en el proyecto de conversión podría ser el abrazar a manera renovada, el sentimiento del Apóstol Pablo cuando en II Corintios 12, 9-11 nos dice:

“Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

No es fácil entender cómo el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad. Sin embargo, a lo mejor esa debe ser la verdad de mayor provecho para todos los bautizados. Es durante la Cuaresma que se nos exhorta a tomar conciencia de nuestro pecado. Lo angustioso de nuestra condición humana tan limitada, es la que Cristo mismo utiliza para manifestar lo asombroso del poder de su Espíritu. El que con humildad se confiesa incapaz, es el que se presta como mejor disponibilidad ante la grandeza de Dios. La declaración del Apóstol, “cuando soy débil, es que soy fuerte” solo se explica desde la perspectiva de la fe. Admisión de las faltas personales, que tantas veces se presentan como incorregibles, se tornan motivo de dependencia total en la gracia santificante.

La vida moderna con todos sus avances tecnológicos y científicos tiende a enaltecer y glorificar al ser humano. De ahí, que se sienta tan independiente, despojándose de su dimensión espiritual. ¿Cómo sacudir conciencias aletargadas por lo vertiginoso del ritmo de la vida? ¿Cómo devolverle relevancia al misterio de Dios? ¿Quién tiene fuerza moral para cambiar estilos de vida utilitarios y hedonistas tan arraigados en la sociedad? El tsunami brutal de la violencia, la falta de valores, de moral y principios éticos, parece arrasar con la sociedad actual. Ante ese escenario tan amenazante, es que los seguidores de Cristo Jesús lidian con fuerzas de virtud y gracia. Son como el antiguo residuo del pueblo de Israel que fieles a la revelación y a su vocación de pueblo escogido, vencieron las hordas de enemigos que les acecharon durante toda su vida.

Alentadora es la exhortación de nuestro Papa Francisco cuando nos dice: “La comunidad evangelizadora… cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas… el discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo…” (EG #24). 

Domingo Rodríguez Zambrana, S.T

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