La misericordia se manifiesta en muchas vertientes cuando tenemos un cofre en nuestro corazón de dignidad, respeto, amor y paz. Es imposible no transmitir ni compartir estas joyas tan valiosas con un paciente oncológico. Jesús nos invita no solo a dar a manos llenas lo que por gracia, Él nos regala, nos invita a ser su rostro delante de estos pacientes y sus familiares.
La tanatología se vuelve en esa práctica perfecta de acompañar en cada fase que los pacientes de cáncer deben de sopesar. A través del acompañamiento logramos que el paciente y sus familiares se sientan desde el primer momento acogidos ante un duelo que todos cargan: la enfermedad y una total incertidumbre ante el futuro como familia.
Este sentimiento se debe a que cada miembro de la familia comienzan a tener nuevos roles que antes no tenían y temen no poder ejercer efectivamente como su corazón se los dicta. El factor cultural que abraza a los puertorriqueños, hace que la familia inmediata y extendida se apeguen fuertemente al proceso de duelo y no necesariamente al proceso de transición y de esperanza.
El sentimiento de incertidumbre e inseguridad, de manera inadvertida, lo pueden sentir fuertemente y por ende plasmarlo en su presente o en su diario vivir, causando pesadez en el ambiente familiar. Es por esto, que la familia inmediata y extendida debe ser atendida por completo y sugerirles un plan de reflexión individual e integral. Este plan se vuelve importante porque les ayuda a identificar de manera individual lo crítico que es no subestimar ni amilanar por el dolor que están atravesando.
En ocasiones, cuando asistimos a la comunidad oncológica, pasamos por alto su salud emocional y mental. Esferas que a simple vista no se ven tan fácilmente. En ese escenario, un tanatólogo puede asistirlos en como guiarlos y apoyarlos en sus sentimientos. En adición, pueden apoyar sus pensamientos, validar sus fuertes sentimientos, humanizar su dolor, cuidar su dignidad y no juzgar.
Al cuidar sabiendo de antemano que el paciente oncológico no mejorará, los puntos antes mencionados van preparando poco a poco a la familia inmediata y extendida. Sin embargo, no se puede perder de perspectiva que hay que acompañar pero también escuchar lo que para ellos es la dimensión de la muerte y prepararlos para ello.
Se vuelve dificultoso este paso ya que en nuestra cultura puertorriqueña no se nos enseña a enfrentar la muerte como un proceso natural de vida. Todavía se sigue entendiendo como el final absoluto de la vida y no como un importante tránsito, una transformación para así tener un encuentro definitivo con Dios.
De igual forma, no se puede dejar a un lado el sentido de sufrimiento ya que este componente ayuda grandemente a comprender la gran fragilidad humana y al mismo tiempo poder transformar el dolor en esperanza mediante la misericordia divina. Si, la misericordia divina que se nos fue dada como un regalo de amor y consuelo.
La fe de los involucrados, de la mano con el proceso de acompañamiento de igual modo hace una gran diferencia. De esta forma se puede reforzar los santos sacramentos ( oración, confesión, comunión,unción) para que puedan resignarse ante el dolor que causan los duelos.
Procuremos que cada paciente de cáncer que usted acompañe, guarde en el cofre de su corazón los rayos de la divina misericordia, representando la sangre y agua, que nos sellan ante la enfermedad. El que todo lo puede acompaña aún cuando no hay sanación terrenal. ¡Jesús en Ti Confio!



