Estás semanas recientes han sido de júbilo y gracia divina por los nombramientos que el Papa León XVI ha realizado para la Iglesia que emprende camino en suelo boricua. Palabras como sucesión, renovación y continuidad ciertamente resuenan y resumen lo vivido. Quisiera añadir otra al muro en el que se plasman estos acontecimientos: corazón. Porque “donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21).
El Arzobispo electo Eusebio —natural de Matuyas, Maunabo— y el Obispo Geraldo —natural de La Hortiga, Villalba— son hombres que vienen de los montes tabores y la espina dorsal de Borinquen. Allá en la altura no solo se vive más cerca de la bóveda celeste, sino que la tierra negra y fértil ayuda a forjar corazones sensibles, dispuestos, cercanos y generosos. Así es nuestra hermosa gente de campo. Bien es cierto que ambos aman la tierra y conocen de primera fila el oficio de nuestros jíbaros agricultores que se pelaron las manos, se quemaron la piel y se quebraron las espaldas para cultivar y cosechar. Ambos tuvieron que aterrar, podar, sacar bejucos y fueron picados por los avayardes, las avispas y las hormigas. Ambos saben lo que es caerse por una halda, levantarse, sacudirse y seguir andando medio machucao para dar gracias a Dios.
En el caso de ambos, vienen de familias humildes y numerosas que para alimentarse corrían a la siembra de la esquina y sino pal’ monte. Saben lo que son los ríos, las charcas, los manantiales, las buruquenas y las chágaras. También tienen ese don de gente característico de la cultura campesina. Ambos miran las montañas y desde los picos empinados distantes reciben aquella brisa serena. Sus corazones señalan y anhelan la patria celeste. Están enamorados de Jesucristo y están enamorados de la misión por santificar. Sus corazones fueron forjados para confiar en la Providencia de Dios. Sus tesoros están vivos porque son la gente, el pueblo de Dios que el Todopoderoso les ha confiado.
Del lado de acá, desde el pueblo, debemos tener los corazones abiertos y humildes para escucharles, para acompañarles, para seguirles y permanecer juntos con ellos en Jesucristo y ser parte de la misión episcopal que tiene un nuevo capítulo en el ministerio del Arzobispo electo Eusebio en tierras arquidiocesanas y que arranca con un nuevo ímpetu con el Obispo Geraldo en tierras ponceñas.
Doy testimonio de los corazones generosos, dispuestos, trabajadores y entregados del Arzobispo Roberto y de Padre Obispo Rubén, quienes con fidelidad pastorearon por años y continúan su misión episcopal al servicio de la Iglesia puertorriqueña. La gratitud se escribe fácil de un plumazo, pero, ellos se pelaron los zapatos y de qué manera. Hay que dejar por escrito que son 38 años de ministerio episcopal y de estos 27 en la Arquidiócesis de San Juan de Mons. Roberto. Por su parte, Padre Obispo Rubén cuenta con 26 años de ministerio episcopal, 16 de estos en Caguas y los últimos 10 en Ponce. Ellos pasaron la zarza y el guayacán con los empujones que hemos recibido como país en estas últimas décadas como pandemias, huracanes, dura situación económica, serie sísmica, crisis política… A pesar de todo, estuvieron allí presentes en todo momento y han trabajado y continúan trabajando para edificar el reino de Dios hoy. Damos gracias a Dios por el Arzobispo Roberto y Padre Obispo Rubén.
NOTA: CITA DESTACADA EN REVERSE
“La consagración episcopal confiere, junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar […] En efecto, por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)”, (Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, núm. 21).



