Trabajar, con amor, y en bien de los demás, es la mejor forma de darle las gracias al Creador. Cuando se reconoce al trabajo como una forma de participar en la obra de Dios, sabemos que a través de nuestro esfuerzo cotidiano, devolvemos a Dios lo que nos ha dado.

Nuestras fuerzas, se convierten en acciones de caridad y solidaridad. San Jose maría Escrivá de Balaguer enseñaba que el trabajo es una oración a Dios, acción de gracias porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas.

La Doctrina Social de la Iglesia nos presenta una nueva dimensión del trabajo humano. Más allá de ser una actividad que nos permite obtener lo necesario para la vida, para la Iglesia el trabajo tiene una dignidad intrínseca. La alta dignidad del trabajo, no radica en su naturaleza, sino en que es reflejo de nosotros mismos. En el se realizan la vocación natural y sobrenatural de la persona (Compendio de Doctrina Social, 101). En la encíclica Laborem Excercens, el Papa San Juan Pablo II, nos recuerda que mediante el trabajo, el hombre, no solo transforma la naturaleza, siguiendo el designio de Dios, sino que también se hace más hombre. San Pablo instruía a los Tesalonicenses; “… les mandamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan”. (2 Tes 3,21) El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (265) nos recuerda que el cristiano está obligado a trabajar, no solo para ganarse el pan, sino también para atender al prójimo más pobre.

La dimensión económica del trabajo es solo un aspecto. Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo no mira únicamente a la economía (LaboremExcercens,14). Existe una dimensión subjetiva del trabajo, que se fundamenta en que, a través del trabajo la persona participa en la obra de Dios. La Constitución Gaudium et Spes (25) nos señala que la conciencia de que el trabajo es una participación en la obra de Dios convierte los que haceres ordinarios en servicio a la sociedad, sirviendo al bien de sus hermanos. El trabajo del cristiano se convierte en fuente de santificación, y constituye un deber de gratitud y justicia. Todo trabajo, ya sea intelectual o físico, con lleva fatiga y ofrece la oportunidad a la persona de darse en amor. De esta forma el esfuerzo diario contribuye a la creación del Reino de Dios en la Tierra (Laborem Excercens, 27).

Dar gracias a Dios con nuestro trabajo convierte nuestra actividad en oración constante. De esta forma el trabajo se santifica y se convierte en camino de santidad. Decía San Jose maría Escrivá: “La santidad grande está en cumplir los deberes pequeños de cada instante”. Realizar nuestras actividades cotidianas en forma eficiente, poniendo nuestro mayor empeño en servir a los demás y hacer que éstas se conviertan en expresión de amor a Dios y a los demás, es la mejor forma de dar gracias a Dios. Tenemos también la obligación moral, como cristianos, de mejorar cada día nuestras capacidades, mediante el estudio y la práctica. “El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor” (San Josemaría Escrivá de Balaguer) .

¿Cómo devolver a Dios, en gratitud y justicia, todo lo que nos ha dado? La Doctrina de la Iglesia nos enseña, que la forma de hacerlo es mediante el sudor, la fatiga y el esfuerzo.

Nuestro trabajo es nuestra ofrenda diaria a Dios. Si visualizamos que toda la actividad que realizamos es una ofrenda a Dios, sin duda nos esmeraremos en que nuestra labor sea la más perfecta posible, la más completa, aquella que mejor exprese el amor. ■

(Puede enviar sus comentarios a nuestro correo electrónico: casa.doctrinasocial@gmail.com)

Nélida Hernández
Consejo de Acción Social Arquidiocesano
Para El Visitante

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