Celebraba yo el aniversario de plata de una pareja. Me enteré allí que los padres del esposo ese mes cumplirían 50 de casados. ¡Qué bueno, le dije a la vieja!; ¡Eso hay que celebrarlo! Alzó el bembe hacia arriba, de disgusto, y se corrió hacia otra esquina. Tal vez no quería celebrar tantos errores. ¿Es bueno celebrar fechas significativas, decisiones que han modulado toda la vida en viaje hasta su final? Los Testigos de Jehová parece que no lo hacen. Nosotros somos testigos de Jesús de Nazareth. ¿Por qué no?

Dan razones en contra: debe ser privado entre los dos, pues no nos casamos con la familia o los hijos; sería día para el romance especial, íntimo, como cuando nos enamorábamos; día de mirarnos a los ojos y decirnos “qué bien lo hicimos”. Todo esto es meritorio, pero no a que se haga en repetición otro día. O determinar otro día para nuestra celebración íntima. Yo prefiero que se celebre, aunque no necesariamente con gastos estruendosos, sobre todo si no hay los medios. ¡No es solemne solo lo que gasta mucha plata!

Que se celebre, pues es una celebración de vida. Y es una vida y un compromiso con repercusiones en la comunidad, y más en la familia extendida. Este aspecto del agradecimiento comunitario es importante recalcarlo. De hecho, el compromiso matrimonial toma forma cuando se hace compromiso ante la comunidad, la familiar y la eclesial. Mucho más cuando se considera ese compromiso como una misión que recibió la pareja de parte de Jesús para invitarlo a compartir su vida humana en esta comunidad. Se agradece el llegar a fechas significativas. Y se pide el perseverar hasta el momento supremo.

Está también el ejemplo para los demás. Estás diciendo que se puede. En un país donde más de la mitad de los oficialmente casados se divorcian, y la mitad de ellos no llega a vivir casados ni 5 años, es bueno que alguien se ponga de pie y grite ¡se puede, y felizmente! Se puede, a pesar de los errores, que sin duda han sucedido, porque la humanidad perfecta no existe. ¡Pero el deseo perfecto y la voluntad de seguir arrepechando también existe!

El celebrar el aniversario al igual que un cumpleaños, nos ayuda a enfocarnos hacia el futuro. Como hijos de Dios que somos, debemos tener una mayor visión del futuro en la presencia de Dios. Al pensar en ese futuro, tenemos que pensar con mentalidad de familia. La salvación es individual, pero Dios nos quiere salvar en racimo. Es momento también para recordar “el primer amor”. Como dice el Apocalipsis “has perdido el primer amor”. Hermosamente lo cantan recordando también las palabras de Jeremías: “Sedúceme, Señor, una vez más; condúceme al primer amor, y volveré a empezar”.

Volver a empezar. Es momento de exclamar: “¡Mereció la pena!”. Y volver la vista atrás para recordar el tiempo pasado. La conversión también consiste en recordar lo que dejé, o lo que olvidé, y también lo que conseguí. Es la mirada al cristal retrovisor, no sea que el otro esté muy cerca y acabe chocándome. Ver el pasado en agradecimiento y lágrimas. Esa historia de amor en la pareja ha creado varios capítulos. Se recorren los pasados, para añadir los nuevos que aún esperan. El que ignora la historia del pasado, tiene el peligro de repetir los mismos errores.

Ese aniversario de bodas constituye, así como el Día de la Familia. Ahí comenzó a existir esa institución. Fue el momento en que la semilla cayó en tierra para ser apisonada y regada, y dar como fruto un árbol frondoso: los hijos, la perpetuación de ese apellido, las glorias de los abuelos y antecesores. Las patrias celebran su identidad y su independencia. Los casados también celebran, con gozo pausado sí, pero animoso, como celebramos los cristianos el triunfo de Cristo en su amor por esta humanidad.

(P. Jorge Ambert, SJ)

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