Al recibir el Doctorado Honoris Causa en Artes y Humanidades de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico (PUCPR), el cardenal Seán Patrick O’Malley invitó a cultivar la gratitud y la compasión como respuesta a la «globalización de la indiferencia» y como camino para construir una Iglesia samaritana, cercana al sufrimiento humano.
En un mensaje marcado por recuerdos de Puerto Rico, anécdotas familiares y humor, el religioso capuchino agradeció el reconocimiento y compartió una reflexión sobre la responsabilidad de los cristianos ante un mundo dividido. «El primer paso para superar la globalización de la indiferencia es empezar por nuestro propio corazón», expresó.

O’Malley recordó que llegó a Puerto Rico por primera vez en 1968, como un joven subdiácono capuchino, y fue destinado a la parroquia San Miguel de Utuado junto a un fraile recién ordenado. Evocó los recorridos a caballo hacia las capillas de las montañas, el saludo de los jíbaros pidiendo la bendición y las primeras noches en que el canto del coquí no lo dejaba dormir.
También destacó el vínculo de los capuchinos con la PUCPR, cuyos comienzos situó en las aulas del colegio San Conrado de Ponce. Señaló que, durante más de cinco décadas, ha regresado a la isla para visitar a sus hermanos religiosos y obispos, celebrar ordenaciones y compartir momentos de alegría y despedida.

La parte central de su reflexión nació de una experiencia de su infancia. Según relató, su padre sobrevivió a un accidente aéreo y regresó al avión en llamas para rescatar a otros pasajeros. Días después, una familia acudió a su hogar para agradecerle haberles salvado la vida. Su madre vinculó aquel encuentro con dos figuras del Evangelio: el buen samaritano que socorre al herido y el leproso samaritano que vuelve para dar gracias.
A partir de ese recuerdo, el cardenal explicó que reconocer la vida como don puede mover a las personas a responder con perdón, misericordia y amor. «Todo lo que somos y todo lo que tenemos es un regalo», afirmó, al advertir sobre el riesgo de dar por sentada la bondad recibida.

Al abordar la parábola del buen samaritano y las enseñanzas de la encíclica Fratelli tutti, subrayó que el servicio al prójimo debe superar las diferencias culturales y realizarse sin esperar recompensa. La compasión, sostuvo, exige detenerse ante el sufrimiento y convertirse en prójimo de los demás.
Asimismo, invitó a recuperar gestos cotidianos de amabilidad: escuchar, ofrecer una palabra de ánimo, pedir perdón y dar gracias. Presentó estas acciones como una manera concreta de transformar las relaciones y abrir caminos de encuentro donde la hostilidad levanta barreras.
«Rompamos la globalización de la indiferencia para reparar nuestro mundo y convertirnos en samaritanos agradecidos que difundan la compasión y la alegría del Evangelio», exhortó.
Al concluir, compartió una parábola sobre unos vecinos que, al subir una montaña para ayudar a un hombre cuya casa ardía, escaparon de un tsunami. Con esa imagen, recordó que las obras de misericordia, caridad y justicia también conducen a quien las realiza hacia el sentido de la vida, la verdadera felicidad y la salvación.


