Al medio día del 9 de febrero 2014, antes del rezo de la oración del Ángelus, el Papa Francisco recordó a todos los bautizados que “somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en el mundo en un Evangelio viviente: con una vida santa daremos ‘sabor’ en los diversos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina”. “Si los cristianos pierden sabor y se apagan, su presencia pierde eficacia”, precisó el Obispo de Roma quien invitó a todos a ser “lámparas encendidas”.

Nuestro primer Beato puertorriqueño fue y y es ejemplo de ser esa “sal de la tierra”. Se convirtió para muchos en aquel a quien los hombres iban buscando de Dios para conocerlo mejor, para amarle, para poder serle más fiel. Vivió lo que decía, decía lo que vivía.

Las Palabras de San Pablo nos resumen el “mensaje” de Carlos Manuel Cecilio para cada uno de nosotros: “Avancen alegres en la fe, de modo que su orgullo de ser cristianos rebose por causa mía. Una sola cosa: vivan a la altura del Evangelio de Cristo, de modo que sepa que se mantienen firmes en el mismo espíritu y que luchan juntos por la fidelidad al Evangelio”, (Filipenses 1, 26-27).

Pablo E. Negroni

Para El Visitante

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