Cuando era un niño, en la mañana del domingo me levantaba a recoger los famosos huevitos que el conejo me había dejado como regalo. Quizás algunos de ustedes tendrán a sus nietos o hijos disfrutando con los huevitos y otros estén celebrando exclusivamente que el Señor Jesucristo ha vencido a la muerte para siempre y nos ha dado la fe en nuestra propia resurrección. Por mi parte dejo los huevitos atrás y los invito al camino de vuelta al monte del sacrificio. Ya el ayuno, el viacrucis, la dolorosa, la sepultura son recuerdos amargos de una Cuaresma que ha pasado, pero permítanme pedirles que miremos otra vez las cruces del Calvario. Efectivamente la cruz en la que expiró Jesús está vacía, su madre descansó su cuerpo muerto como cuando de bebé él reposaba confiado en su regazo. Ni la madre ni sus amigos permitieron dejarlo clavado en la cruz, lo bajaron para que descansara en paz, en dignidad. Hoy Jesús nuevamente resucita en mi corazón, pero esta vez cuando me encuentro con su rostro resplandeciente y sigo su mirada, lo descubro mirando al Calvario con tristeza, ya que nosotros, los cristianos, en el siglo XXI, nos hemos conformado con dejar clavados en la cruz, sin esperanza y sin descanso, a los pobres, los maltratados, los refugiados, los despatriados. Pareciera que no tiene derecho a descansar para resucitar con nosotros. Este domingo de Pascua, se nos exige que bajemos de la cruz a los pobres. ¿Cómo? Venciendo la indiferencia ante el dolor de tu prójimo. Moviéndote a dar a una mano amiga a quien más lo necesite. Educándote sobre cómo sobreviven y mueren miles de hermanos refugiados. Involucrándote en iniciativas de justicia, aportando con tu tiempo y dinero. ¡Vivamos como el Resucitado! No miremos con pena a los pobres en la cruz, hagamos justicia dándoles un lugar de reposo digno de todos los hijos de Dios.

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