El Profeta Jeremías lanza una advertencia a aquellos profetas que, en vez de profetizar la Palabra de Dios, son falsos profetas.
En la Carta a los Efesios, San Pablo anuncia que, a través de su sangre, Jesucristo une a los dos pueblos, judíos y no judíos, para hacer de ellos un solo pueblo, una sola Iglesia.
En el Evangelio de San Marcos, nos encontramos con un evento muy interesante: Cristo tratando de escaparse para darse un respiro, un break, pero no lo pudo lograr.
Como sacerdote, estas lecturas de hoy me paran los pelos y me retan a ser un buen sacerdote. Veámoslas…
El tema principal del libro de Jeremías es que la ciudad de Jerusalén está sitiada por el ejército de Babilonia. Mientras que Jeremías le indica a la Ciudad Santa que se rinda y se entregue, porque esta invasión es un castigo que Dios está permitiendo para que Jerusalén purgue sus pecados, los falsos profetas, aquellos mismos que vimos el domingo pasado que eran los profetas pagados por el Rey, le decían a la Ciudad que enfrente a Babilonia, que Dios saldría a defender a la Ciudad. Es entonces que Jeremías lanza esta condena a los falsos profetas que llevaban la Ciudad a su perdición. Al final del camino, Jerusalén fue arrasada, el templo y el palacio destruidos, y los sobrevivientes deportados a Babilonia para servir como esclavos, falsos profetas incluidos.
Nosotros los sacerdotes nunca podemos perder de vista que hemos sido llamados por Cristo para ser otros cristos en medio del pueblo. Cada sacerdote representa al Señor y, como el Señor, tenemos que anunciar la Buena Nueva, denunciar pecados, decir lo que Dios quiere que digamos y, sobre todo, amar a nuestras feligresías como Cristo ama a su Iglesia hasta el punto de sacrificarnos por ella. Nuestros feligreses no esperan menos de nosotros.
Es aquí que vemos este pasaje evangélico: tanto Jesucristo como los Doce estaban agotados de tanto trabajar. Jesucristo no pensaba en sí mismo sino en los Apóstoles y es por eso que decide, una vez terminada la labor del día, darse una escapadita al otro lado del Mar de Galilea para descansar. Pero la gente se dio cuenta de la movida de Jesús, regaron la voz de hacia dónde se dirigía Jesús, y llegaron antes que Él al sitio, esperándolo para que les predicara. Me imagino el suspiro que Jesucristo se tiró antes de echar a un lado su cansancio y ponerse a predicarle a esa gente. Y nos dice San Marco que se puso a predicarles con calma, sin prisa, sin mal humor.
Ahora ustedes nos dirán a los sacerdotes que, si Cristo se sacrificó por la gente, ahora nosotros tenemos que sacrificarnos por ustedes. Oh Lord Almighty! Eso es verdad, pero, por el otro lado, ustedes tienen la obligación de orar y cuidar de nosotros. Al nosotros dejarlo todo y renunciar a una familia para ser totalmente de ustedes, ustedes se convierten en nuestras familias, en especial de los sacerdotes diocesanos que viven solos en las parroquias y no tienen a nadie que los cuide. Yo me acuerdo que para el post-huracán María y la pandemia nunca estuve solo. Mis feligreses y mis vecinos estuvieron pendientes de mí y la comida nunca me faltó. Esto me obliga con más razón a entregarme por entero y, si me toca que estoy muerto de cansado pero alguien llega a que le visite su enfermo, tengo que hacer como Jesús: respirar hondo y pa’lante.



