La lejanía, impuesta por la pandemia, pone sobre el tapete la importancia del núcleo familiar, eso que en otro tiempo se llamaba nido. Hogar por ti suspiro era casi un himno, una ferviente devoción del regazo de papá, mamá y los hermanos. Ese latir casi místico se multiplicaba en amor y agradecimiento a los que de lo poco sacaban mucho y se multiplicaban en maestros, filósofos, sicólogos y hasta abogados sin título.

Es imprescindible sacar de la confusión reinante lo que significa casarse, tener hijos y educarlos en la llama de fe en Dios y responsabilidad cívica y social. Tirar los dados a favor del dinero y el materialismo erosiona todo coloquio virtuoso y convierte la indiferencia en pasaporte para el aislamiento enfermizo. Optar por el yo solitario converge en el egoísmo, en mirar la vida desde la ventana estrecha.

El abrazo, respeto y cariño, establecen una colindancia con los valores espirituales que dan consistencia a las relaciones familiares. Esos lazos se atan al juicio adecuado, a la palabra noble, al recuerdo de lo que se aprendió en lecciones vivas. Sin esa cátedra pulida por el amor y la vehemencia fraternal, palidece la enseñanza escolar, se pierde el momento crucial.

Las reuniones familiares y el momento festivo son medicinales, una oferta corazón adentro en que la risa y el abrazo mitigan el cansancio de la existencia que marca con sus mordidas y sus ilusiones ópticas. En la variedad de opiniones de los hermanos germina por encima la del padre y la de la madre por ser troncos y libro abierto de narrativas únicas, de clamores vivos.

El individualismo, ave de la época, adquiere dimensiones insospechadas cuando se trata de evitar los hijos, olvidarse de los padres, encerrarse en sí mismos. La alegría de la vida hogareña se traduce en relaciones pasajeras, amoríos distantes. Mientras más lejos, parece ser mejor. Parece que el amor lejano deja dividendos de poca responsabilidad y así se cumple con las redes sociales más que con una persona que naufraga en su soledad.

La familia grande, o la pequeña, son recursos en este Valle de Lágrimas, para evitar el vandalismo de los sentidos y sanar los males que rondan por los matrimonios y las relaciones pasajeras. Todo el torbellino de abuso, muerte y destrucción tiene su dirección al dorso; orfandad de valores, achicamiento del sentido básico de hombre y mujer, poca piedad.

Está sobre el tapete la sana educación, el sentido de respeto, la convicción de ser persona con todo lo que esto implica. Si se falla en la educación, con efervescencia moral y ética, se construye el desequilibrio hombre-mujer, se pauta por la división y el chantaje que tiene sus formas y rostros.

La vida familiar, con sus altas y bajas, es medicina apropiada para evitar los males que se esparcen por toda la Isla. Es fundamental educar para formar hogares que sean una conexión con lo bueno, lo justo y lo sano. Fabricar mitos y obviar la categoría hogareña redunda en heridas profundas. La sociedad moderna es testigo del rompimiento de los matrimonios; una plaga que hiere y mata.

P. Efraín Zabala

Editor

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