La anciana no dudó en hacer alarde de los muchos sabores y gustos que pululan por campos y pueblos. Le dijo a la hija que trajera un pedazo de pizza para aplacar el hambre. Ya sus gustos dejaron atrás a los guanimes, que eran caprichitos de ensueños en El Mesón de Melquiades. El sabor de la pizza, festín italiano, es como un desquite de salsa, queso y pepperoni. Esa mezcla es imán, un sí al menú internacional, que amaina el hombre y se  come a la ligera, de prisa, como si hubiera algo más para apaciguar el hambre.

Cocinar se ha convertido en un pasatiempo que alegra el estómago y el corazón. Las sutilezas de las recetas de cocina incluyen lo dulce, lo amargo, los sabores más excéntricos. La miel de abejas, la pasta de guayaba, los frutos más exóticos son ingredientes para el arroz con pollo, los espaguetis, el bacalao guisado. Esa fusión va a tono con la mentalidad que se adapta a olores y sabores más que a la sobriedad establecida.

Y es que estamos acostumbrados al gusto del caldero de mamá que era sobrio, natural, con leña o carbón. Se usaba lo básico, las especies cultivadas en el huerto, el torrente de amor de la madre que cocinaba para muchos y tenía muy poco. Esas horas pasadas en la cocina eran casi una plegaria a la cocina del cielo para que lloviera maná y se hiciera el milagro de la multiplicación de los panes.

Todo el andamiaje de platos exquisitos apunta a cierta disposición económica para no dudar en gastar y convertir la cocina en sorpresas culinarias indicativo del mercado suple. La mercancía que fluye del continente viaja millas para adornar la mesa del País. Es mucho lo que se guarda en la alacena, lo dulce y lo amargo hacen alianza que luego quedan en nada.

La comida en la mesa tiene colindancia con el pan de Dios que se exhibe en árboles repletos de pana, de aguacates, de mangos. Esa materia prima es un regalo, un milagro, una solicitud paro cada uno de nosotros. Si no se es constante en admirar la dádiva, la olla y el caldero se quedan vacíos, en reproche continuo.

Cocinar con gusto reverente es una oración que se eleva al Altísimo, una solemne alegría por el pan de cada día. No vale la pena esmerarse por salir del paso y resbalar en lo demasiado dulce o salado. El equilibrio mental y el gusto van de la mano en esta tarea de cocinar para todos, con solicitud por los hambrientos del mundo. Llegará la justicia y el amor y se harán deleite espiritual y humano.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante

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