En el seminario, lugar primaveral en la formación de todo sacerdote, leíamos con avidez el libro del Padre José Luis Martín Descalzo, escritor fértil, un “Cura se confiesa”. En sus páginas narraba la cotidianidad sacerdotal, sus luchas y soledades. Así con esa información recibida, me aventuré a ir a ver al P. Franklin a su domicilio, en el barrio Los Pollos de Patillas. Me acompañaron el Padre Melvin, párroco de Nuestra Señora del Carmen de Cidra y el P. Kharlosg, natural de Las Piedras y que ejerce su apostolado en dicha jurisdicción parroquial.

     El P. Franklin, digno sacerdote, posee luz especial. Su inocencia es su carta de presentación. Unos rasgos de timidez adornan su personalidad y tiene el don de la paciencia, del que no hace ruido para no herir susceptibilidades. Prefiere una sonrisa de amigo que un crudo regaño. A temprana edad ingresó en el Seminario San Idelfonso, regido por los padres jesuitas, luego Santo Domingo y por último New York en donde culminó sus estudios conducentes al sacerdocio.   

     Vive en Patillas junto a su hermana Noelia, enfermera de profesión y que parte su estadía terrenal con su hermano sacerdote. Allí en reverencia a la naturaleza los dos se inmolan en el compartir el pan, los silencios, la esperanza. Después de ejercer su ministerio sacerdotal con actitud reverente y fina cordialidad, El P. Franklin atisba horizontes de entrega y sacrificio. 

     El Padre José Luis Martin Delgado escribía sobre la casa sola del sacerdote que da sus años fértiles en amor y servicio. Ese ser humano, escogido para sanar y bendecir, es un desconocido para las comunidades parroquiales. Hay cierta ignorancia respecto al sacerdote diocesano que se esfuerza por dar amor y sembrar la semilla de la fe entre su gente. No hay que mirar de lejos, el toque humano y espiritual, hace la gran diferencia.

     En muchas parroquias el olvido de los que dieron el todo por el todo, es la orden del día. Son muchos los sacerdotes puertorriqueños que se han inmolado en la pobreza, en la devoción, en el respeto al rebaño entregado. Esa lejanía entre el sacerdote y el pueblo de Dios hace mella y distorsiona el papel de Alter Christus en medio de la gente, deseosa de amor y servir.

     El Padre Franklin Rodríguez pasa sus días en su querido pueblo de Patillas. Allí, en suave ofrenda recibe a sus amigos que van a ofrecerle un regalo de agradecimiento por su bella vocación sacerdotal. Su hermana Noelia participa de ese gesto de hacerle placentera su vida. Dos hermanos que dicen Amén a la vida, al sacerdocio, a la alegría de estar juntos. Dios siempre está con el P. Franklin porque de su inocencia todos hemos recibido.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante

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