La pena, la melancolía, el duelo, establecen el ritual en estos días de perenne consternación. La aglomeración de sucesos negativos y el llanto interior hincan, dejan huellas. En este proceso de sanación, nada escapa a la lágrima, al porqué, a la tristeza. Se hace larga la esperanza y se piensa en el día primaveral, en el encuentro de ideas y voces.

Estamos en las manos de Dios ilusionados con la vida, que es proyecto de amor, asignación perenne. Se desglosa el hoy en perspectivas de abolengo humano, de proyectos que ventilen la causa de la verdad. Todos juntos en una algarabía vital, una voluntad de servicio que destruya todo intento a las causas egoístas, carentes de entusiasmo fraternal.

Cada día tiene lo suyo y manifiesta la salud del corazón que debe latir sobre el misterio de la vida. El negativismo trae estragos y se desliza sobre la realidad, asumiendo una jurisdicción que no le pertenece. Dentro de la aventura existencial hay luz propia, una fuente de agua purificada que da entusiasmo, que provee lo sublime versus lo prosaico y estéril.

Transitar desde las tiniebla hacia luz es un ejercicio de inspiración diaria y humana. Ambicionar lo mejor es un requisito del amor interno y profundo. La división, la ignorancia y el error conspiran para que la ruta comunitaria esté plagada de yerbajos y espinas. En momentos decisivos no se puede alardear de sabios con diploma, ni de sabuesos a tiempo completo que responden a cualquier comentario de alguien con poder.

Se vive en la incertidumbre racial, en el desbarajuste de vida vecinal. Salir de esa conducta cuesta trabajo y lacera la mente que está debilitada por el miedo, la soledad, los desequilibrios. Unos y otros tienen que organizar la nueva aventura, el paso firme hacia la vitalidad de las relaciones humanas.

Comenzar el andamiaje luminoso requiere de una ferviente actitud que sea suavidad interior para dar giro a la perplejidad dominante. Es una tarea de superación, de estricta observancia de los valores éticos y morales para reforzar el entusiasmo, para calmar la sed de justicia y de verdad.

Las heridas se curan y sirven para abrir cauce a la bondad y a la nobleza de corazón. Cada persona puede enjugar una lágrima, sanar una herida, dar ánimo al que lo ha perdido. Todos juntos es una fórmula de vida y esperanza. El corazón aturdido llora desde adentro. Desde el entusiasmo colectivo se abren las compuertas de un nosotros con rostro de vencedores.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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