Dios nos ha regalado unos días de sol, paisaje que curan el alma y apelan a la fiesta de los colores y olores. Al mirar lontananza, o al árbol de yagrumo, la sanación es lírica, un canto a lo bello que es milagro y transparencia del misterio siempre en convocatoria de luz y verdad. Se ilumina enero narrando su vehemencia de primer mes, como abriendo el escenario del tiempo para establecer su identidad de ya aporté mi cuota, di primero.

Esas temperaturas alivian el cuerpo, sosiegan los sentidos. Al comparar el duro invierno allende los mares, con el de aquí, se piensa en el fogón con mayúscula versus la chimenea que se queda corta ante el frío inmisericorde. Abrigos, bufandas y sueters dan testimonio del duro enero invernal, de la melancolía que sienten los boricuas al empatarse en cobijas y penas añejas.

Dejar constancia de que vi más allá, de que el milagro está a la vuelta de la esquina, es degustar la suave presencia del Dios que se multiplica en amor, en condescendencia. Pasar por la vida con los ojos cerrados indica una pleitesía que enferma a la persona. Cada experiencia con los demás, o con la naturaleza, engendra salud, abre el apetito para tocar el milagro que está a unos pasos, casi en la colindancia con la vida misma.

Todo arte, toda belleza, el paisaje, son atisbos de una misericordia curativa, alimento para crecer en virtud y contemplar el día de contratiempos bajo el escrutinio de Él nos ama. El que camina bajo consignas económicas o de vida loca, reduce todo a provecho propio, a llenar sus graneros. No procrea éxtasis, sino que se aferra a lo trivial y pasajero. 

Una vez en la Parguera de Lajas con su lirismo y belleza alguien dijo: “Aquí no hay nada que ver” y dio la espalda. Esa superficialidad marchita todo y acelera el encuentro con lo caduco y pasajero. Enseñar el gusto por lo bello es tarea fundamental, una asignatura plena que abre el entendimiento para admirar la inocencia, la suavidad del corazón, lo digno de enseñar a otros la grandeza de la creación.

Enero nos ha regalado una medicina en medio de la pandemia. Nutrir el espíritu de esa inmunidad básica es tarea de cada ciudadano. Hablar de la pandemia sin cotejarla en el álbum del Altísimo es dejarse doblegar por el pesimismo y el miedo, vivir en el atolladero sin salida a otras experiencias de vida y esperanza.

Disfrutar la oferta de Dios para cada día es llenarnos de optimismo, tocar el misterio. Detrás del milagro hay confeti, una alegría íntima que nadie nos puede arrebatar. Mirar más allá es una fórmula de triunfo, una alegría que marca el paso para seguir adelante. Quedarse entonando frases de pesimismo y dolor es enfermarse del alma y del cuerpo. Hay salud en Dios, en la naturaleza, en el paisaje…

P. Efraín Zabala

Para El Visitante 

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