Los agricultores, afanosos trabajadores del surco, son los más afectados cuando el viento y la lluvia dominan el sembradío, producto del sudor y el trabajo arduo de cada día.  Esos fervientes del agro respiran profundo cuando los boletines del servicio del tiempo exponen la realidad meteorológica señalando el paso de un fenómeno natural. Esa hincada en el corazón estremece porque cualquier viento recio, o un aguacero pleno, hiere la esperanza de obtener los frutos de los esfuerzos, de las luchas diarias.

Los que aman la tierra vuelven a poner la mejilla cada vez que el mal tiempo se convierte en pesadilla, en inmisericorde huésped. Es lamentable y triste ver las matas de plátanos y guineos caer en el primer round cuando la avalancha de vientos y agua ejerce su poderío. Algunas matas exhiben el racimo recién salido a la luz y se desploma en un santiamén, tiempo perdido.

Los que no dan un tajo ni en defensa propia o viven a ciegas ante las realidades, ni para allá miran.  Ese escenario desolador pasa a ser exclusividad del agricultor, de aquel buen borincano que honra el trabajo y da culto sano a la tierra. Ese proceso de extraer lo mejor de la tierra está respaldado por años de verificación exacta del surco, de experimentos con las formulas tradicionales, de acogerse a los antepasados que poseían una cultura basada en el diálogo con la luna, con los vientos, con la forma de arar tan en cercanía con los bueyes y la montaña.

Para el agricultor, que pone sus sembrados en manos de Dios, no hay tregua para la desesperanza. Conoce los riesgos, interpreta los signos de los tiempos, se acoge a su solvencia moral.  No es un aprendiz, ni un buscador de tesoros. Su estadía terrenal está marcada por los frutos, por las viandas, por los lechoncitos o las gallinas que alegran la estancia.  Está siempre en coloquio con la variedad de opiniones que adornan el batey, que son puntos de referencia de un diálogo abarcador de la naturaleza.

Es lamentable que la agricultura sea vista como una esclavitud, o como una forma de quedarse atrás en el tablero del dinero y el confort. Mientras unos buscan el tintineo de las monedas en palacios de cristal, otros, los agricultores, tienen palacios de bambúes, cuadros de flamboyanes que revierten en color, un a lechoncita con ocho cerditos, racimos de guineos que recuerdan el fogón a fuego impulsado por la leña del monte.

Sembrar es un deleite, requiere de sacrificio y de esperanza.  Se lanza la semilla y ésta brota en la obscuridad de la noche como un regalo por ser abierto en un tiempo razonable, en reunión familiar.  El plato tradicional del agricultor tenía colores propios y sabores que diferenciaban la yautía de la malanga, el guineo del  plátano, la batata de la calabaza. Como todas las viandas eran frescas el azúcar y la sal bailaban al son de sacrificio mayor, el trabajo arduo y favorecedor de un peso que mantenía al puertorriqueño más largo que una vara y más fuerte que un palo de ausubo.

Los que mantienen viva la esperanza son los artesanos del surco, los que lloran sus penas al lado del rio, los que improvisan de atardeceres y amaneceres y se quedan dormidos en la hamaca del así sea.

 

P. Efraín Zabala Torres

Editor

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