Las canciones infantiles o nanas quedan en el recuerdo como una conexión directa entre la madre y los retoños. Esa “meceita” en una hamaca o coy, armonizadas con canciones del alma, eran sentimientos claves para una relación familiar adecuada y buena. El vaivén de las hamacas, la dulce garganta, festín maternal, imponía los detalles del alma, y el niño se dormía cobijado por una voz única, por un cariño libertador. 

La madre entonaba el canto de la virtud a ultranza. Lactar, amamantar, mecer y cantar cimentaban la vida del recién nacido. Esa cercanía se alargaba en la bendición mama, en la íntima reverencia que unía a la familia. Ese ayer victorioso, colmado de penurias materiales, pero rico en piedad, ha sido guardado hasta nuevo aviso. Domina el celular, las distancias, el colapso de la vida con categoría íntima. 

Es obvio el desmembramiento de la vida familiar con su porción de tragedia y sufrimiento. Los niños hacen lo que pueden, a veces llorar, corazón a dentro, otras servir de mensajeros entre allegados y vecinos. El fuete de la soledad marca sus días y ya de pequeños soñadores tienen que convertirse en traductores de ideas y palabras sacadas de una visión enfermiza de la existencia, una especie de pequeño manual para los niños en crisis permanente. 

Educar a un niño con un mero celular o con la televisión equivale a estremecer su interioridad desbaratando sus años ingenuos, su primavera. En todo momento la inocencia exige un festín de cariño de papá y mamá, una cercanía con lo bueno y lo justo. La noticia de que la vida es dura y traumática se advertirá cuando conozca la trágica condición humana. Al ver a los demás, en su actuar y proceder, encontrará matices de luz para obtener su libertad y su estrategia de bien. 

Los niños, empujados al desgaste mental de los adultos, se encuentran en una encerrona que no hay forma de evadir para los falsos conceptos que rigen la experiencia humana. Casi solos, en una especie de sambumbia de conceptos, se entregan a su mundillo vivencial, a sus conjeturas débiles, producto de una vida a la deriva.

Cada vez se oyen más los lamentos de los niños que pasan por el fuego de las tragedias de los mayores. Faltan pedagogos de la inocencia, hombres y mujeres de bien que prodiguen virtud y tiendan un hilo conductor de la solidaridad y el amor. Es triste oír el llanto de un niño en la noche. Es más agobiante verlo por las calles buscando cariño y comprensión. 

Duérmete Nene, nana del ayer, arrulla a un niño en desvelos y hace la gran diferencia entre el bien y el mal.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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