Desde que somos niños consideramos a nuestros padres como unos héroes. Unos titanes que lo han dado todo por el todo para “echar pa’lante” a la familia. Unos guerreros que han hecho grandes sacrificios para hacer de nosotros quienes somos hoy. Esto es así hasta el día que comenzaron a hablar cosas sin sentido, a tener dificultades para terminar las frases, a exhibir una conducta poco coherente, a hacer reclamos irracionales, etc. En fin, a ser alguien que desconocemos totalmente.

Ya no hacen más planes a largo plazo, ahora se dedican a pequeñas aventuras: comer a escondidas todo lo que el médico les prohibió, desarreglar todo lo que hemos organizado, evitar tomar los medicamentos prescritos, entre otros. Igualmente, a preparar una boda de ensueño, un viaje imaginario, y contarnos por milésima vez una historia como si terminaran de haberla vivido hace unos segundos.

¡Envejecieron! Nuestros padres envejecieron. Nadie nos había preparado para eso. Tienen muchos kilómetros recorridos, por eso lo saben todo y de todo; y lo que no saben se lo inventan. Están cansados de cuidar de los otros y de servir de ejemplo. Ahora llegó el momento de ser cuidados y mimados por nosotros.

En ocasiones los podemos ver tristes, pero no están confundidos. Los que estamos confundidos somos los hijos que no entendemos lo que está pasando, y rechazamos aceptar que su decadencia es parte de un ciclo vital. Pero, cuando nosotros entramos en un estado de negación, les seguimos exigiendo de ellos la misma energía, el mismo brío, el mismo carácter para enfrentar la vida. No admitimos sus flaquezas, y nos negamos a aceptar que ya están cansados; y que no son los mismos de antes. Es doloroso reconocer que nuestros héroes y heroínas ya no están con el control. Están distraídos, frágiles, olvidadizos, perdidos, y eso nos contraría. No queremos aceptar con serenidad el hecho de que, con el pasar de los años, han adoptado un ritmo más lento, pausado y torpe. Ya no son aquellos seres indestructibles y llenos de aplomo; y a nosotros nos duele reconocer que las cosas ya no son como estábamos acostumbrados. Lo peor es que a veces nos volvemos intolerantes, y olvidamos que la intolerancia es signo de miedo. Miedo a perderlos, miedo de que dejen de estar totalmente lúcidos y joviales. Un miedo que se entrelaza con la ansiedad, ya que lo que vemos en ellos hoy es un anticipo de lo que nosotros seremos mañana.

En ocasiones también nos enojamos, logrando provocar tristeza en aquellos que un día procuraron darnos alegrías. Con frecuencia olvidamos las veces que estos héroes y heroínas estuvieron noches enteras junto a nosotros velando nuestro sueño, cuidando nuestra enfermedad, o simplemente protegiendo nuestros temores. Por eso cabe preguntar: ¿por qué no conseguimos ser un poco de lo que ellos fueron para nosotros? El tiempo nos enseña a sacar provecho de cada etapa de la vida por la que atravesamos. Sin embargo, es sumamente difícil aceptar las etapas del ciclo de vida de aquellos que amamos, especialmente cuando vemos su decadencia. Aquellos que fueron nuestros pilares, a los que siempre podíamos volver y sabíamos que estarían con sus brazos abiertos; y ahora están dando señales de que pronto se irán, y que partirán sin nosotros.

Hagamos hoy lo máximo por ellos para que mañana, cuando ellos ya no estén entre nosotros, podamos recordar que supimos tratarlos con cariño, con ternura, con sonrisas, y con amor… y no con lágrimas de tristeza que hayan derramado por causa nuestra. Al final, son nuestros héroes de ayer, serán nuestros héroes de mañana, y serán nuestros héroes eternamente. ¡Que el buen Dios nos ayude a aceptar con serenidad la decadencia de aquellos que amamos! ■

P.Ángel M. Sánchez, PhD
Para El Visitante

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