“Tres palabras mágicas para llevar la vida conyugal de la mejor manera: permiso, gracias, perdón’”, (Papa Francisco, 2 abril 2014).

 

El número de parejas que optan por el Sacramento del Matrimonio se ha reducido considerablemente si se compara con años anteriores. La alta tasa de divorcios, la falta de compromiso y la posibilidad de dejarlo todo de lado, si no se consiguen los resultados esperados, son solo algunas razones para que muchos opten por convivir en vez de casarse.

Aunque las uniones de hecho -que es cuando dos personas deciden vivir juntos sin estar casados- se han convertido en una modalidad de estos tiempos, la Iglesia reitera que es a través del Sacramento del Matrimonio que los esposos alcanzan su plenitud.

La Exhortación Apostólica Familiaris Consortio del papa Juan Pablo II #11 dispone que: “(…) La institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador”.

Mientras, la Doctrina Social de la Iglesia #227 indica que las uniones de hecho se basan en un falso concepto de libertad de elección y de las familias.

Ciertamente, casarse no es tarea sencilla, pero tampoco imposible. El boletín católico Por tu Matrimonio, presenta varias razones a favor del matrimonio. Entre ellas que en la convivencia no hay un compromiso real entre la pareja. Por lo general, las uniones de hecho terminan en los primeros 5 años y son menos los que tras convivir, deciden contraer matrimonio.

Igualmente, los hijos que puedan llegar no tendrán una estabilidad emocional porque no hay una obligación real para con ellos, entre otras.

Por su parte, Padre Jorge Ambert, que por años ha sido Director Espiritual de Renovación Conyugal que ayuda a casados a evitar divorcios, expresó que son más los que prefieren convivir en vez de casarse.

“Muchos ven la convivencia como una especie de prueba para ver si están capacitados para este tipo de vida y entonces darle paso al compromiso. Ahora no hay noviazgo, la gente se conoce y se van a vivir juntos”, comunicó P. Ambert.

De igual modo, el clérigo informó que aquellos que entran en una convivencia, están en una situación pecaminosa, porque viven en concubinato, un matrimonio en toda su realidad, sin haber recibido la misión matrimonial del Sacramento.

Asimismo, el Padre dijo que estas relaciones comienzan sin firmeza, sin entrega total, “en el fondo hay una conveniencia. ‘Si me va mal me largo y como no estoy casado no tengo que hacer líos de divorcios, ni cosas de esas’. En el fondo buscan el beneficio propio”.

A su vez, lamentó que en estos días las personas se casan con la idea de que si no les va bien se divorcian. “Esta generación es mucho más flexible. No tienen ese cuajo para encarar las dificultades. Se creen que los conflictos se solucionan terminado la relación”, precisó

De otra parte, P. Ambert admitió que contrario a lo que se puede pensar, las estadísticas reflejan que la cantidad de divorcios entre parejas que convivieron y luego se desposaron, son iguales que los que se casaron.

En contraste, el sacerdote que colabora en la Parroquia San Ignacio de Loyola enfatizó que cada vez es más raro encontrar una pareja de novios que llegue virgen al matrimonio. Añadió, que incluso parejas que tienen formación religiosa, conviven primero.

Claramente, el documento Familia, matrimonio y uniones de hecho, publicado en la página de Internet de ACI Prensa dice que: “las uniones de hecho no comportan derechos y deberes matrimoniales, ni pretenden una estabilidad basada en el vínculo matrimonial”. Además, afirma que “la inestabilidad constante debida a la posibilidad de interrupción de la convivencia en común es una consecuencia de esta acción”.

Asimismo, indica que otras veces, las personas que conviven justifican esta elección por razones económicas o para soslayar dificultades legales. Frecuentemente, bajo esta clase de pretextos, subyace una mentalidad que valora poco la sexualidad. Está influida, más o menos, por el pragmatismo y el hedonismo, así como por una concepción del amor desligada de la responsabilidad. Se rehúye el compromiso de estabilidad, las responsabilidades, los derechos y deberes, que el verdadero amor conyugal lleva consigo.

En conclusión, el documento antes mencionado sostiene que la Iglesia reconoce en la familia y en el amor conyugal un don de comunión de Dios misericordioso con la humanidad, un tesoro precioso de santidad y gracia que resplandece en medio del mundo. Al final, invita a unir esfuerzos en la promoción de la familia y en la fuente de vida que es la unión conyugal.


Camille Rodríguez Báez |Twitter: @CamilleRodz_EV | This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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Al conmemorarse la fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, es meritorio recordar que San Pedro es considerado el primer Obispo de Roma, a pesar de que muchos cuestionan la veracidad de este asunto.

De hecho, el propio Jesús, en Lucas (21, 31-32) dice: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos”.

Igualmente, en Mateo (16, 16-19): “Yo te digo a ti que eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

Ciertamente, estos dos textos reflejan la promesa que Jesús le hace a Pedro. Al tiempo, confirma su misión al anticipar que deberá fortalecer la fe de sus hermanos.

Pedro fue el elegido para ser el pastor visible del rebaño de Jesús, y junto al resto de los apóstoles continuó con la misión de predicar el Evangelio.

Jesucristo es el heredero del reino, Él le transfirió el poder de administrar su Iglesia, (su reino) a Pedro y a sus sucesores. De este modo, surgió lo que en teología se denomina la sucesión apostólica. Los discípulos eran conscientes de que no vivirían para siempre y por voluntad de Cristo, necesitaban sucesores que continuaran su ministerio.

La sucesión apostólica es la doctrina por la cual la validez y la autoridad del ministerio cristiano se derivan de los Apóstoles. La tradición católica sostiene que los obispos son el eslabón necesario en una cadena ininterrumpida de sucesores en el cargo de los discípulos.

De hecho, el Catecismo de la Iglesia Católica #861 establece que los obispos son los sucesores de los apóstoles “para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada; encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que empezaron…”.

Igualmente, en el #862 el texto indica que “(…) Por eso la Iglesia enseña que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia”.

Así como Jesús le dio las llaves del cielo a San Pedro, y lo nombró pastor de su rebaño, cada vez que se elige un Papa, pasa a tener esa misma función.

Esta sucesión de personas, desde San Pedro hasta la actualidad ha continuado a través de 21 siglos. Fray Domingo Aller de la Parroquia Santa Rita de Casia en Bayamón explicó que “en el pasado el término Papa no existía, surgió después de Constantino”.

Mientras, el Portal católico Encuentra.com detalla que el término Papa no aparece en la Biblia, sino que procede de la tradición oral. “A los primeros obispos se les consideraba padres de la comunidad, y por tanto, el pueblo los nombraba ‘Pappas’, que en griego es un diminutivo de ‘Padre’”.

En el pasado, no solo el Obispo de Roma recibía este título, sino los obispos de otras ciudades. Gregorio XI prescribió de modo formal entre 1073-1085 que el título se reservara solo para los sucesores de Pedro.

La Iglesia Católica ha ordenado 266 Papas, incluyendo al actual, Francisco que se convirtió en sucesor de Pedro en marzo del 2013.

De otro lado, Fray Domingo especificó que a la hora de hacer mención sobre Pedro, los evangelistas se refirieron a él a través de sus textos como alguien distinguido. “En las escrituras llaman a Pedro, como el Primero. Siempre estuvo en eventos destacados en la vida de Jesús; en la transfiguración, en la oración del huerto de Getsemaní y en el día de la resurrección”, comunicó.

Añadió que: “si bien es cierto que Juan llegó primero al sepulcro, esperó por Pedro para que entrara primero. Cuando Pedro hablaba le hacían caso, eso aparece clarísimo en la tradición”, comentó el Párroco de Santa Rita de Casia.

Finalmente, el portal católico antes mencionado afirma que el Papa es el Sucesor legítimo de Pedro, que fue Obispo de Roma y ahí murió como mártir de Jesucristo. Roma es la Diócesis más importante del mundo porque allí descansan los restos de San Pedro.


Camille Rodríguez Báez |Twitter: @CamilleRodz_EV | This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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En el apartado que corresponde a los frutos de la comunión, el Catecismo de la Iglesia destaca la importancia de la Eucaristía como vínculo fundamental con Cristo. Tal como manifiesta nuestro Señor en el Evangelio: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). Por lo anterior, por ese banquete eucarístico, se conforma la base de la vida cristiana. No de otra forma el católico, purificado por el propio sacramento, se puede hacer partícipe de la Buena Nueva que es la resurrección de Cristo.

La Eucaristía es esencial para renovar la gracia recibida en el Bautismo, sacramento en el que nos regeneramos como hijos de Dios. En un mundo como el nuestro, en el que la tecnología utilizada de forma incorrecta, disminuye el contacto real con los semejantes, la Eucaristía, en cambio, acrecienta y fortalece la vivencia cristiana, esa que se manifiesta en el amor al prójimo como a sí mismo. En esa dirección es claro el Catecismo en el artículo 1392: Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual.

Es importante entender la dimensión manifiesta de la Eucaristía en nuestras vidas, pues siendo humanos en ocasiones perdemos fuerzas para ser consecuentes en el camino; hay momentos en que debilitamos nuestros actos cotidianos de caridad y compasión cristiana. Sin embargo, ser partícipe de la comunión, de ese alimento espiritual, reaviva nuestro amor.

Ese amor cristiano, que se anima con la Eucaristía, conlleva un modo de vida que capacita para contemplar a Cristo en el prójimo, sin importar la circunstancia que le aqueje. Tal como dice el Evangelio: Entonces los justos dirán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? El Rey responderá: ‘¡En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo hicieron’” (Mat 25, 37-40).

Los frutos de la comunión son plenos, necesarios. En el momento en el que pan y vino, signos esenciales del sacramento eucarístico, son transformados en la consagración, cada católico recibe las gracias necesarias para su salvación; no de otra forma el corazón recibe en voz del presbítero las palabras de Jesús en la última cena, instante en el que Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial.

(Carlos Cana)

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Desde tiempos inmemoriales cada cultura ha desarrollado rituales que denotan el pasaje de la infancia a la adolescencia y de la adolescencia a la joven adultez. La mayoría de estos ritos se relacionan con la legitimación del ser y existir de los géneros, tanto femenino como masculino. Se enfocan necesariamente en el misterio de la vida. ¿Cómo se engendra? ¿Quién la hace crecer, desarrollarse? ¿Cómo protegerla, prolongarla, evitar que se enferme o debilite? Los ritos de iniciación intentan preparar a los jóvenes para que físicamente y emocionalmente se sientan capaces de enfrentarse a la adultez. Y esto, por supuesto, sin la dependencia de un papá, una mamá o algún otro adulto que supla la insuficiencia del joven.

Cuando la conciencia colectiva de un pueblo insiste en homenajear a una mamá y a un papá, celebrando un día especial en su nombre, lo hace reconociendo lo utilitario, lo conveniente y necesario de la función que éstos ejercen en el proyecto de socialización a través de la creación de una familia. Son estos, los progenitores, quienes continúan de un modo u otro, conscientes o no, los ritos de iniciación que les da identidad de género a su prole. Cada cultura moldea la paternidad y maternidad de acuerdo a la tradición y convicciones, nacidas desde su propia etnia. Tratando de simplificar nuestra reflexión, nos limitaremos a detallar la influencia cultural que moldea la identidad del género masculino, pues nos interesa honrar a nuestros papás en su día.

Desde la fe, Dios Padre es el modelo de la paternidad. Dios es quien crea la vida, la capacita, la acompaña, conserva y le da el mandato de multiplicarse (Génesis 1/28). De ahí, la fuente de inspiración para el hombre y la mujer que se unen en matrimonio y constituyen una sola carne (Génesis 2/24; Mateo 19/5). Tan sagrado es el mandato que esa unión carnal es un sacramento, o sea, instrumento de gracia y santidad para los cónyuges. La consagración de la pareja, modela la unión de Cristo con su Iglesia (Efesios 5/25-27). Si extendemos la analogía con lo sagrado, diríamos que el esposo es el sacerdote (Cristo) que consagra el germen de la vida en el altar que es su esposa (la Iglesia).

Inspiración necesaria y urgente cuando se trata de entender cómo un hombre se convierte en papá. Urgente, señalamos, ante la debacle cultural que se vive cuando el hombre en nuestra sociedad queda desprovisto de integridad, disciplina y fidelidad. Todos quedan afectados ante la epidemia corrosiva del machismo que arroja consecuencias infortunadas. Se enaltece al hombre con una conducta y comportamiento que desvaloriza o ignora a la mujer. Algunos argumentan, aun desde la ignorancia, que esa fue la voluntad de Dios, obviamente ajenos a toda la exégesis bíblica.

Según la cultura, la mentalidad machista se desarrolla en el seno de la familia. Es un comportamiento aprendido, no heredado. La mamá, usualmente, arropa a su varoncito con caricias, distinciones y gestos afectivos que lo llevan a la convicción de su favoritismo. El papá, después de su fascinación inicial con su nene, se retira de la relación, lo suficiente para que su varoncito no se incline a “gustarle los hombres”. La ansiedad oculta suele ser de que el nene aprenda a ser hombre (entiéndase “machito”) por sus experiencias en la calle. Sino, cómo se explica esa pregunta juguetona, continua en el proceso de desarrollo del varoncito, de: “¿y cuántas novias tienes?”. A la niña se le protege y se le disciplina para que sea parte de las tareas del hogar. Al niño, en contraste, se le anima a que busque aventuras, sin hacerlo responsable también de tareas caseras.

Ignorante de su propio desarrollo sexual, y afectado por la incapacidad de un papá para hablar con su hijo de “esas cosas”, el adolescente vive a la deriva. En la etapa clave de su identidad como persona, desarrolla toda una incertidumbre sobre su género masculino. Ajeno a la relación o a una afectiva intimidad paterna, el adolescente añora el amor de su padre. Cohibido por los acondicionamientos machistas, el joven crea su propio mundo ilusorio. El cigarrillo, la cerveza, la obsesión sobre su sexualidad, actitud de rebeldía, encerramiento emocional, son algunos de los síntomas escapistas ante el desespero de lo que le toca vivir en esa etapa transicional de su niñez. A todo esto el papá se hace el desentendido y empuja a la madre a asumir ambos roles.

De ser hombre a ser papá es un proyecto de toda la cultura, de la familia. Incluye una larga agenda de responsabilidades, de posturas firmes y consecuentes que no se dan fácilmente. No se dará un cambio radical que contribuya a la imagen del papá ideal, hasta que esa misma conciencia colectiva que dedica un día para honrar la paternidad, confronte sus propias aberraciones. ¿Por qué tanta solemnidad, emoción y conmoción en el Día de las Madres? ¿Acaso la mujer violada, maltratada, abandonada por causa de la canallada machista, no es también madre? ¿Por qué la ausencia de solemnidad y emotividad en el Día de los Padres? ¿Por qué, a modo sarcástico, en algunos ambientes se le llama “el día de los perros”? Lamentablemente, el desprestigio sardónico da derecho a perpetuar la cobardía e inutilidad de los que se llaman hombres pero que jamás serán padres en el sentido pleno de la palabra, por más semillas de vida que siembren.

¡Que Dios Padre, por su Hijo encarnado y por la acción vivificante del Espíritu, continúe bendiciendo a los hombres que de verdad son “Padres”!

(Padre Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.)

 

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Con estas palabras, Jesús establece en Pedro la autoridad y cabeza de la Iglesia. En Mateo (16, 15) se narra que luego de que el Señor preguntara a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, Pedro, inspirado por el Espíritu mencionó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Por eso, Jesús mismo le dijo que esa verdad no le había llegado por sí mismo, sino que fue “el Padre que está en los Cielos” que se lo había revelado. Y Jesús añadió: “Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”, (Mt 16, 18).

Puede que haya escuchado esta frase: “Tú eres Pedro”, en un sin número de ocasiones, pero debe detenerse un momento, y escuchar lo que el Espíritu de Dios habla a su Iglesia. Jesús eligió a Simón, pescador de profesión, como uno de sus discípulos. Le cambió el nombre de Simón a Pedro, y desde ese instante, Pedro se convirtió en “pescador de hombres”, y con el transcurrir de los años, la autoridad y cabeza de la Iglesia… “¡El que tiene oídos para oír que oiga!

Pedro, no era perfecto, pero fue un hombre escogido por Dios. Pedro estuvo presente durante la transfiguración de Jesús. Intentó caminar sobre las aguas, pero tuvo miedo, pero el Señor siempre le sostuvo. Este hombre de Galilea siempre estuvo al lado de Jesús y había dicho que daría la vida por su Maestro, pero negó a Jesús en un momento de prueba. A pesar de su humanidad, a veces débil y en otras ocasiones impulsiva, Pedro recibió de su Señor, su amor y perdón. Con la pregunta “¿Pedro, me amas?” y el subsecuente mandato: “Apacienta mis ovejas”, en tres ocasiones manifestada, Jesús reafirmó en Pedro su primado, su identidad como servidor, como el apóstol responsable de transmitir la fe verdadera a otros. Le encomienda cuidar del rebaño del Señor, es decir, de usted que lee estas líneas y de quien escribe; en fin, de cuidar de toda su Iglesia de generación en generación… hasta que Cristo vuelva.

Por otro lado, otro aspecto interesante de las palabras de Jesús hacia Pedro en Mateo (16:19 )es respecto a la frase de “atar” y “desatar”. Este término es utilizado también en el Antiguo Testamento. En Isaías (22, 22) se menciona en referencia al servidor Eliaquim de la siguiente manera: “Pondré en sus manos la llave de la Casa de David; cuando él abra, nadie podrá cerrar, y cuando cierre, nadie podrá abrir”.

Por tal motivo, esta frase que Jesús le menciona a Pedro, de que le entrega las llaves del Reino y que lo que “ates en la tierra” y “lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”, no fueron palabras metafóricas de Cristo. Estas palabras tienen un significado bíblico en cuanto a transferir poder y autoridad.

La enciclopedia católica online menciona que:

“Este significado se torna tanto más claro cuando recordamos que las palabras "atar" y "desatar" no son metafóricas, sino términos jurídicos judíos. También queda claro que la posición de Pedro entre los otros apóstoles y en la comunidad cristiana era la base del Reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia de Cristo. Pedro fue instalado por Cristo en Persona como cabeza de los apóstoles. Este fundamento creado para la Iglesia por su Fundador no podía desaparecer con la persona de Pedro, sino que la intención era que continuase, y continuó (como lo demuestra la historia real) en el primado de la Iglesia romana y sus obispos”.

Así que católico, conoce y ama tu fe. Recuerde que la palabra de Dios dice: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento”, (Os 4, 6). Ciertamente, el Señor Jesucristo, al “entregarle las llaves” a San Pedro, confió en él todo el rebaño del Señor, a todo el cuerpo místico de Cristo y todo el tesoro de la fe. Por eso, cuando vea una imagen de San Pedro con dos llaves, ya sabe en parte lo que significa. No obstante, si tiene sed de Dios y quiere conocerle más, reme mar adentro como el apóstol Pedro. Y comprenderá más a fondo, y guiado por la luz del Espíritu Santo, que ciertamente como lo afirma el Credo, la iglesia “es una santa, católica y apostólica”.

(Fuente: Varias)


Ana M. Recci | Twitter: Ana_RecciEV | This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

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Pienso que el regalo ideal es aquel que además del impacto emocional y espiritual que produce, cumpla también con un fin práctico, que llene alguna necesidad de la persona objeto del regalo. Por eso, y siempre que se pueda, cuando voy a regalar trato de averigüar sobre los gustos o las necesidades de quien va a recibir el obsequio. Jesús es ese regalo tan necesario que llena todas nuestras expectativas. Él sabía que le íbamos a necesitar y por eso se ha quedado con nosotros en la Eucaristía. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Iglesia desde los primeros tiempos reflexionó sobre ese gran misterio. Es por eso que el cristianismo más antiguo, el del mundo griego oriental y el del mundo latino-romano, siguen afirmando que cuando el sacerdote dice las palabras de consagración en la misa, el pan y vino ordinarios que están sobre el altar se convierten ipso facto en el verdadero cuerpo y sangre de Jesús. Misterio que se conoce como la transustanciación. La reforma protestante del siglo XVI y sus diversas reformas subsiguientes lo negaron y se perdieron ese regalo.

El texto más antiguo que nos habla de esa dación de Jesús está en la primera carta de San Pablo a los Corintios (11:23-27). Pablo escribió durante la década del 50, y el evangelio más antiguo que conocemos hasta ahora es el de Marcos que fue escrito a mediados de la década del 60. Por eso, el texto de Pablo es importante para conocer la conciencia que tenían y el valor que le asignaban las primeras comunidades de cristianos a la eucaristía. Claramente presenta el apóstol a Jesús, en la última cena, repartiendo en dos momentos diferentes el pan y el vino, diciendo en ambos casos que era su cuerpo y que era su sangre y que habrían de ofrecerse como sacrificio, e invitando a que hicieran eso mismo que él estaba haciendo en el futuro para que no se olvidara nunca ese misterio. Posteriormente los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) y el mismo Juan, pero a su manera, confirmarían lo que Pablo ya había enseñado a los Corintios y demás iglesias que él estableció. La versión de Pablo es testimonio de que desde el principio las comunidades cristianas más antiguas, bajo la guía de los apóstoles, celebraban la eucaristía, dándole ese sentido de presencia real de Jesús. No como algo que ocurría en el momento que cuando se dispersaban el pan volvía a ser pan y el vino como decía la reforma de Lutero; no un simple recuerdo o memorial, donde el pan siempre fue pan y el vino, vino (o jugo de uva) y allí no ocurría nada, como enseñaba Calvino.

Un testimonio bíblico que nos presenta el valor tan grande que le asignaban las comunidades cristianas a ese momento en que se reunían para la fracción del pan nos viene de la comunidad en la que Lucas escribe su evangelio. Me refiero al pasaje del encuentro de los discípulos de Emaús y el extraño que, para sacarlos de sus miedos y frustraciones, comienza a explicarles las escrituras (Lc. 23:13-35), reconociendo que era Jesús cuando este, al bendecir la mesa, parte el pan. Ese pasaje nos remite al de 1 Reyes 19:3-9 donde el profeta Elías al comer del pan y beber del agua recupera la energía y logra caminar hasta el monte Horeb (Sinaí) y refugiarse en una cueva. En ambos casos el contacto con la comida y la bebida y su ingesta hace que vuelen los miedos, las frustraciones y todos los sentimientos negativos.

Todo eso ocurre cuando los creyentes reciben el cuerpo y la sangre de Cristo de la manera adecuada, con espíritu arrepentido, confiados en la misericordia de Dios y alegres en la esperanza de que Nuestro Salvador vive y se hizo comida para alimentar nuestros espíritus. Si el hombre y la mujer cristianos al participar en la cena del Señor, lo reciben indebidamente, el mismo apóstol Pablo, que nos provee el testimonio más antiguo, enseña que entonces lo hace para su propia condenación: "Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia" (1Cors. 11:28-30)

Podemos celebrar la fiesta del Corpus Christi porque una mujer permitió que el Shekinah del Antiguo Testamento cobrara realidad a través de su propio cuerpo. Si antes Yahvé acampaba en medio del campamento, en María acampó en su vientre y se hizo carne (Juan 1:14). Todavía aturdida, pero alegre, María salió corriendo, aprisa, (Lc. 1:39) y como custodia viviente llevó a Cristo en procesión por los caminos de Galilea hasta llegar a Judea, a la casa de su prima Isabel. Esa fue la primera procesión del Corpus. Los efectos en Isabel se reproducen en las vidas de los creyentes cuando al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo acogen con la alegría y la fe con que fue acogido en aquella visita. Fue así como Jesús se hizo regalo.

(Rev. P. Floyd L. McCoy Jordán)

 

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Las Hermanas de la Congregación de la Madre de Dios de la Misericordia de Cracovia-Polonia, S.M. Gaudia Skass y S. M Salwatricze Musiał ZMBM, serán las invitadas especiales del Segundo Encuentro Nacional de Devotos de la Divina Misericordia, a celebrarse el sábado 17 de mayo desde las 9 a.m. en el Complejo Deportivo y Cultural del Recinto de Ponce, de la PUCPR.

El Visitante entrevistó en exclusiva a S. M Salwatricze. Veamos.

El Visitante: ¿Qué es el Domingo de la Misericordia? ¿Nos puedes compartir algunas palabras sobre la historia de esta Fiesta?

S. M Salwatricze: “La Fiesta de la Divina Misericordia tiene el mayor rango entre todas las formas de culto de la Misericordia Divina, que nos han sido transmitidas por santa Faustina. “Deseo que el primer Domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 299). Jesús expresó claramente su deseo en las revelaciones transmitidas a santa Faustina.

La Fiesta de la Divina Misericordia fue celebrada, primeramente, por la misma santa Faustina, con la aprobación de sus confesores, en 1934. Un año más tarde celebró esta fiesta aún estando en Ostra Brama, Vilna, cuando por primera vez la imagen de Jesús Misericordioso fue expuesta para su veneración pública (Cf. Diario 89, 420).

Cuando Juan Pablo II visitó el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia–Lagiewniki en 1997, agradeció a Dios que le fuera concedido contribuir a la voluntad de Cristo Jesús e instituir la Fiesta de la Divina Misericordia en Polonia. Tres años más tarde, durante la canonización de santa Faustina, el Santo Padre instituyó la Fiesta para toda la Iglesia. Así, el deseo de Jesús se ha hecho realidad casi 70 años después de que lo expresara”.

 

EV: ¿Entonces Jesús ha elegido este día para que celebremos el misterio de su Misericordia para toda la humanidad?

SMS: “Sí. Dios mismo es quien escoge el día de la Fiesta de la Misericordia. Se trata de un día muy especial, puesto que no sólo es un domingo, sino que es el primer domingo después de Pascua. De ese modo, Jesús nos mantiene en este clima de los acontecimientos pascuales: su pasión, muerte y resurrección. El Evangelio que leemos en este día nos presenta la imagen del Resucitado, que se acerca a los atemorizados Apóstoles en el cenáculo. Jesús es, al mismo tiempo, víctima y testigo de los acontecimientos del Viernes Santo, como nos recuerdan las llagas visibles en sus manos y sus pies; es también testigo de la victoria de la vida sobre la muerte en la madrugada de la resurrección. Jesús, en el cenáculo, descubre ante los Apóstoles la fuente de su insondable Misericordia, su costado abierto, de donde nace la Iglesia y los santos Sacramentos”.

 

EV: ¿Qué elemento nuevo aporta este título que Jesús mismo le dio: Fiesta de la Misericordia?

SMS: “Sin duda alguna, celebramos la Pascua del Señor. Pero el segundo nombre de este domingo indica la fuente más profunda de toda la obra de la Redención: la Pascua de Cristo y nuestra Pascua bautismal. La causa más profunda y la fuente de toda la obra de la Redención es la Misericordia Divina. Dicho de otro modo, no habría la obra de la Redención si no hubiera la Misericordia Divina. Santa Faustina se percató de esta relación cuando en su Diario escribía: “Ahora veo que la obra de la Redención está ligada a la obra de la Misericordia que reclama el Señor. El amor más grande y el abismo de la Misericordia los reconozco en la Encarnación del Verbo, en su Redención”. (Diario, 89, 180)”. Juan Pablo II afirmaba en Dives in Misericordia: Esta redención expresada por la pasión, muerte y resurrección de Jesús, comporta la revelación de la Misericordia en su plenitud (DM 7). En este Segundo Domingo de Pascua, la Iglesia alaba la Misericordia de toda la Santísima Trinidad”.

 

EV: ¿Nuestro Salvador bendice y santifica generosamente este día?

SMS: Dice el Señor a santa Faustina: “Hija mía, di que esta Fiesta ha brotado de las entrañas de Mi Misericordia para el consuelo del mundo entero” (Diario, 1517); “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. En ese día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramo un mar de gracias sobre las almas”. (Diario, 699)”.

 

EV: ¿Cuál es el modo de la celebración de la fiesta? ¿Ese día los sacerdotes deben hablar sobre la Divina Misericordia?

SMS: Jesús dice: “Siempre que quieras agradarme, habla al mundo de Mi gran e insondable Misericordia” (Diario, 164). Pero de modo especial Él pide que ese día los sacerdotes prediquen en sus homilías sobre la Divina Misericordia, despertando confianza en las almas. “Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo a las almas pecadoras. Que el pecador no tenga miedo de acercarse a Mí. Me queman las llamas de la misericordia, deseo derramarlas sobre las almas humanas” (Diario, 50)”. En cuanto al modo de celebración de la fiesta, el Señor Jesús quiere que en este día la imagen de la Divina Misericordia sea públicamente venerada, es decir litúrgicamente y además de que los sacerdotes hablen de su insondable Misericordia, desea que todos cumplan con los actos de caridad hacia el prójimo y con gran confianza reciban el sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía. “No encontrará alma ninguna la justificación - explicó Jesús - hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia. Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita” (Diario, 570).

 

EV: ¿De acuerdo con el deseo de Jesús, la celebración de la Fiesta debe ir acompañada de actos de confianza hacia en Él y también de Misericordia?

SMS: Ponemos toda nuestra confianza en el amor del Señor y Su promesa para nosotros. También, podemos leer en el Diario de Santa Faustina: “El primer domingo después de Pascua es la Fiesta de la Misericordia, pero también debe estar presente la acción (Diario, 742). Así pues, la participación interior en la alegría de Cristo resucitado implica compartir plenamente el amor que late en su corazón (DD 69). Cristo nos ha demostrado que un amor genuino es “una jornada, un éxodo continuo que se mira interiormente y se da así mismo a nuestros hermanos y hermanas” (cf DC). Nosotros realizamos profundamente que Dios, al compartir Su Misericordia con nosotros, nos llama a ser testigos de este reto de amor en el mundo de hoy. Este amor divino que pasa a través de nuestros corazones y manos al mundo, y ofrece “una nueva creatividad en la Misericordia para proveer apoyo a los niños abandonados, y evitar que se le de las espaldas a niños o niñas que se han perdido en el mundo de la adicción o el crimen, y dar consejo, consuelo y apoyo espiritual a estos que están comprometidos en una batalla interna con el mal” (cf.Santuario de la Divina Misericordia, 2002).

 

EV: Al celebrar el domingo de la Misericordia no puede faltar el gozo, ¿porque?

SMS: “¡Se alegra Mi corazón por esta Fiesta! Dijo Jesús a santa Faustina. Dios se regocija por las grandes obras de Su Misericordia. Se alegra cuando nos sumerge en las profundidades de Su Misericordia. Su alegría es una invitación que nos hace para que nos dejemos llenar de su gozo Divino. Esta alegría nace del hecho que Jesús mismo, crucificado y glorificado, se hace presente entre sus discípulos para abrazarlos con la fuerza regeneradora de su Misericordia. Es una alegría que surge de la alianza de amor entre Dios y su pueblo y que se renueva cuando nos reconciliamos con Dios”.

EV: ¿Puedes dar algunos consejos a los que carecen de la experiencia de la alegría de la Misericordia?

SMS: “Sólo un consejo simple: tratar de estar más agradecido a Dios por todo y ver la belleza del ser humano como nosotros hemos sido creados por Dios. Admitir que no somos perfectos; dejarnos abrazar con el amor misericordioso de Dios, para compartir ese amor misericordioso con los demás”.

 

EV: ¿Cuál es la costumbre de celebración de la Fiesta de la Misericordia en el Santuario en Polonia y en tu comunidad religiosa?

SMS: En el Santuario Mundial de la Divina Misericordia, nos preparamos para celebrar la Fiesta de acuerdo con el deseo de Jesús, de que esta Fiesta debe ser preparada con una novena. Ésta consiste en rezar la coronilla de la Divina Misericordia durante 9 días, empezando el Viernes Santo. “Durante esta novena concederé a las almas toda clase de gracias”. (Diario, 796)

En nuestro convento, el día de la Fiesta, muy temprano en la mañana anhelamos del deseo de celebrar la Santa Eucaristía como comunidad. Es nuestra gran alegría recibir a Jesús en la Sagrada Comunión. Jesús, precisamente con la Eucaristía asoció una promesa excepcional para la Fiesta de la Misericordia: “Quien se acerque ese día a la Fuente de la Vida, recibirá el perdón de todas las culpas y de las penas”. (Diario, 300; 699).

Creemos que es una gran fiesta para Dios el tenernos a todos sus hijos en este día purificados de nuestros pecados. Cada vez que los pecadores vuelven a Él es como celebrar la Fiesta de la Misericordia y la Fiesta de la salvación. Es maravilloso experimentar que a los ojos del cielo no hay perdidos para siempre. Tratamos de mantener el silencio de nuestro corazón a lo largo del día, aunque tenemos muchos deberes para servir a los peregrinos que vienen a nuestro Santuario en ese mismo día. Nos sumergimos en la alegría, por la Misericordia de Dios mostrada a nosotros. Durante las Santas Misas que se celebran a lo largo de todo el día en nuestro Santuario, el sacerdote bendice solemnemente la imagen del Señor Misericordioso. Esta imagen nos recuerda nuestro deber de reflejar a nuestro Salvador en su Misericordia hacia nuestros hermanos y hermanas, y Su confianza hacia su Padre”.

 

EV: ¿Qué significa para ti el domingo de la Divina Misericordia?

SMS: “La Fiesta de la Divina Misericordia es siempre un día muy especial. Nos sentimos realmente inmersos en el océano del amor de Dios, somos salvos y encontramos nuestra casa para siempre en su Corazón. Jesús, nos invita a dar testimonio de que sólo el amor es capaz de percibir la realidad revelada a través de los signos de la resurrección: el sepulcro vacío, la desaparición del cuerpo, el sudario doblado” ( cf. Juan Pablo II). ¡Hoy, más que nunca tenemos que dar testimonio de que el Señor realmente ha resucitado! Hay una profunda necesidad de nuevos testigos de la fe y de la Misericordia de Dios.

Los dos grandes testigos de Dios, los dos apóstoles de la Divina Misericordia: la Santa Hermana Faustina y el Santo Juan Pablo II, ellos están haciendo todo lo posible para ayudarnos a comprender que sólo el Amor que está lleno de fe es capaz de ver; ese Amor que nos dirige hacia Aquel que es Amor y Misericordia, a Jesús Misericordioso, que vive eternamente. Deseamos que el Señor resucitado nos conceda la gracia de sacar con un vaso de confianza todas las gracias que han sido prometidas por Él en la Fiesta de la Misericordia”.

 

EV: Les estaremos esperando en la Isla para el mes de mayo, donde el sábado, 17 serán las invitadas especiales del II Encuentro Nacional de la Divina Misericordia. ¿Qué significa para ustedes estar en Puerto Rico por primera vez?

SMS: Será un placer estar con ustedes en su hermosa tierra y celebrar juntos este acontecimiento especial. Queremos compartir con todos el tesoro de la Misericordia de Dios con nuestra simple presencia y nuestras palabras. Creemos que el Señor Misericordioso y Santa Faustina también estarán con nosotros en la apertura de nuestros corazones para recibir Su toque de sanación y Su voz de consuelo para muchos problemas.

También queremos conocerles y aprender de ustedes cómo viven en el espíritu de confianza en Dios y en la Misericordia. Es nuestro camino cristiano hacia el cielo, en el que nos necesitamos unos a otros. Santa Faustina conoció que la Misericordia es un amor que nos hace demandas muy altas. No se satisface meramente con palabras. Ella experimentó que la Misericordia nos lleva a cargar sobre nuestros hombros la debilidad y el sufrimiento de otros, amándolos en nuestro corazón. Los apóstoles de la Divina Misericordia siguen sus huellas y desean que la Misericordia penetre todo su ser; ellos responden a una llamada profunda del Espíritu que los inspira a entregar sus vidas diariamente por aquellos hambrientos de paz, justicia, respeto a su dignidad o de amor.

EV: Finalmente, ¿Qué aconseja a los fieles de Puerto Rico?

SMS: ¡Qué el fuego de la Misericordia sea encendido en sus corazones y que nunca se apague! Ustedes están llamados a dar testimonio de Dios, que es el Amor y la Misericordia, en el mundo presente, que frecuentemente habita en las tinieblas del pecado y se encuentra hundido en el sufrimiento. Tengan en su corazón una fuente de misericordia para los demás. Verdaderamente, uno puede “convertirse para los otros en una fuente desde la cual fluyen ríos de Misericordia”. Ahora bien, para convertirse en esta fuente para otros, uno debe beber constantemente desde la fuente original, que es propiamente Nuestro Señor Misericordioso, de cuyo Corazón traspasado fluye el amor de Dios (cf Jn 19:34). ¡Nos veremos pronto!”

(Nayda Costa Marcucci)

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