El Espíritu Santo es nuestro amigo y compañero de camino y nos dice dónde está Jesús.

Así lo expresó el Papa Francisco en la homilía de la Misa que celebró el pasado lunes 6 de mayo en la Casa de Santa Marta, ante algunos empleados vaticanos de la Fábrica de San Pedro, acompañados por el cardenal presidente Angelo Comastri y por Monseñor Pablo Colino, prefecto de la Capilla musical, que concelebraron con el Santo Padre.

A continuación algunas reflexiones del Papa Francisco sobre el Espíritu Santo:

“No se puede entender la vida cristiana sin la presencia del Espíritu Santo: no sería cristiana. Sería una vida religiosa, pagana, piadosa, que cree en Dios, pero sin la vitalidad que Jesús quiere para sus discípulos. Y aquello que da la vitalidad es el Espíritu Santo, presente”.

“El Espíritu ‘da testimonio’ de Jesús para que nosotros podamos darlo a los demás”:

“El Espíritu Santo nos abre el corazón para conocer a Jesús. Sin Él no podemos conocer a Jesús. Nos prepara al encuentro con Jesús. Nos hace ir por el camino de Jesús. El Espíritu Santo actúa en nosotros durante todo el día, durante toda nuestra vida, como testimonio que nos dice dónde está Jesús”.

“Pidamos la gracia de acostumbrarnos a la presencia de este compañero de camino, el Espíritu Santo, de este testimonio de Jesús que nos dice dónde está Jesús, cómo encontrar a Jesús, qué cosa nos dice Jesús, quien nos lo deja como amigo”.

“Tengamos la costumbre de preguntarnos: ‘¿Qué cosa ha obrado el Espíritu Santo en mí, hoy? ¿Qué testimonio me ha dado? ¿Cómo me ha hablado? ¿Qué cosa me ha sugerido?’ Porque es una presencia divina que nos ayuda a ir adelante en nuestra vida de cristianos. Pidamos hoy esta gracia. Y esto hará que, como lo hemos hecho en la oración, en cada momento tengamos presente la fecundidad de la Pascua”.

“Cristo ha venido a darnos el agua viva que es el Espíritu Santo ‘para que nuestra vida esté guiada por Dios…’ Por eso cuando decimos que el cristiano es un ser espiritual, queremos decir que es una persona que piensa y actúa de acuerdo con Dios, según el Espíritu Santo”.

“Este es el precioso don que el Espíritu Santo trae a nuestros corazones: la vida misma de Dios, vida de hijos verdaderos, una relación de libertad y confianza en el amor y la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una nueva mirada a los demás, cercanos y lejanos, vistos siempre como hermanos y hermanas en Jesús a los que hay que amar y respetar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo”.

“El agua viva que es el Espíritu Santo apaga la sed de nuestras vidas porque nos dice que Dios nos ama como hijos, que podemos amarlo como hijos suyos y que por su gracia podemos vivir como hijos de Dios”.

(Papa Francisco)

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El Catecismo nos explica que los siete dones del Espíritu Santo son sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios (1831).

Pero, ¿cómo esto impacta nuestra vida diaria? Hablemos desde el punto de vista de la salud. Cuando vamos al médico queremos que sea sabio. Pues la sabiduría es un don del Espíritu Santo. Nos explicaba S.S. Juan Pablo II que: “gracias a este don toda la vida del cristiano, incluyendo sus aspiraciones y proyectos, llegan a ser alcanzados con el soplo del Espíritu, que la impregna con una luz “que viene de lo Alto””. Así que el buen cristiano, sea médico o sea paciente, debe ver al prójimo enfermo, con los ojos que los ve Cristo, a través de ese cristal que da la luz de la sabiduría.

Sobre el don de inteligencia, aprendimos del Santo Padre Beato, que además de comprender las cosas divinas, este don, nos aclara la mirada sobre las cosas humanas. Con este don entendemos cómo están entretejidas en nuestros pacientes la dimensión terrena y la espiritual. Podemos entender cómo el padre se hace padre y la madre se hace madre en el vientre durante la concepción, pero co-participan de la creación con Dios, que es el que pone el alma de ese bebé en el vientre materno.

Con el don de consejo se ilumina la conciencia. Este don aclara al profesional de la salud lo que es bueno y conviene más al alma del enfermo. Este es el don que pone en los labios del profesional de la salud una palabra de aliento, de fe, de esperanza en la vida eterna, que da sentido al sufrimiento como aprendimos del “sermón de la montaña” (Mt 5:1-12). Gracias a este don, podemos aconsejar a una joven a que no se haga un aborto. Pidamos para que todos los cristianos tengamos este don en abundancia.

El don de la fortaleza da vigor al alma en la enfermedad, da valor en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios. La fortaleza nos ayuda a soportar ofensas, ataques injustos, incomprensiones y hostilidades. ¡Cuánto necesitamos este don cuando estamos enfermos u hospitalizados! Oremos para que los pacientes y sus cuidadores reciban este don durante sus dolencias.

Nos explica Santo Tomás, que gracias al don de ciencia, el ser humano pone en Dios, el fin de su propia vida (cfr S. Th., 11-II, q. 9, a. 4). El don de ciencia nos ayuda a valorar y comprender nuestra dependencia del Creador. Entendemos que Dios nos da la vida y dependemos de El para estar vivos y saludables.

Gracias al don de la piedad, el corazón deja de sentir amargura, cólera e impaciencia. La piedad nos colma de comprensión, de tolerancia, y de perdón. Por eso cuando visitamos al enfermo ponemos en práctica la piedad. Al visitar al enfermo mostramos misericordia y cumplimos lo que Jesús nos pidió: “porque estuve enfermo y me visitaste…” (Mt 25:36). ¿Habrá mejor momento para perdonar que durante la enfermedad?

Finalmente, el don del temor de Dios, me recuerda a mi abuela Jenara. Ella decía en la década de los 80 que se había perdido el temor de Dios. Lo he comprendido 30 años más tarde: este don nos lleva al amor filial, el amor del alma que se preocupa de no disgustar a Dios, de no ofenderlo. Este don nos lleva a cuidar de los enfermos con caridad, con respeto, porque en el enfermo vemos a Jesús presente.

En Pentecostés pidamos se derramen esos dones sobre nosotros, para que la salud de nuestro pueblo mejore.

(Dr. Natalio Izquierdo)

(El Autor es Presidente de la Asociación Médica de Puerto Rico.)

 

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El Buen Pastor da la vida por sus ovejas; protege en su redil a las 99 y se lanza afanoso en busca de la descarriada; la que rescata cariñosamente de las garras del lobo.

Jesús es el Buen Pastor y como tal, cada obispo y sacerdote es llamado a ser una extensión de su entrega pastoral.

El Papa Emérito Benedicto XVI, en la homilía que pronunció el año pasado en la Misa en ocasión de la Jornada Mundial de la Oración por las Vocaciones, dijo que la misión del sacerdote, como Buen Pastor, es “conducir a los fieles a él encomendados a la vida verdadera, la vida “en abundancia” (Jn 10, 10).

Su Santidad Francisco, tan reciente como en la Misa Crismal del pasado Jueves Santo en la Santa Sede, invitó a los presbíteros a ser pastores con “olor a oveja”.

Para el Obispo de la Diócesis de Caguas, Padre Rubén González Medina las palabras del Papa Francisco entrañan un llamado a caminar con el pueblo.

“Hay que unirse al pueblo y acompañarlo. Por eso el Papa insiste en que debemos ir a las periferias del sufrimiento, de la sangre derramada y la ceguera que desea ver. No es encerrándonos. El invita al sacerdote a salir de sí mismo para dar lo mejor de sí”.

Por su parte, en 1992 el Papa y Beato Juan Pablo II subrayó en la Exhortación Apostólica Postsinodal “Pastores Dabo Bobis” que se espera de los presbíteros que perpetúen la presencia de Jesús, único y supremo Pastor, emulando su estilo de vida.

“Como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado. Como escribe de manera clara y precisa la primera carta de san Pedro: “[…] Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5, 1-4).

En tiempos posmodernos, en que se relativiza la fe y pretende desplazar a Dios del seno de la familia y de su realidad temporal, la misión del Buen Pastor requiere de mucha comprensión, paciencia y empatía.

"Es muy importante que se vea al sacerdote no como el que resuelve los problemas, sino como el que está presente para acompañar y dar palabras de aliento y esperanza. La gente a veces piensa que el sacerdote es una persona que resuelve cosas, cuando es un testigo de que la misericordia de Dios se derrama sobre el mundo”, aclaró Obispo Rubén.

En el evangelio de Juan, capítulo 10, versículo 16, leemos que el Buen Pastor tiene otras ovejas que no son de su corral. “A ésas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor”.

El proyecto de las Pequeñas Comunidades, impulsado por la Vicaría de Pastoral de la Diócesis Criolla, tiene como protagonistas anónimos a decenas de sacerdotes que se han lanzado a buscar 'las otras ovejas' de los pueblos de dicha jurisdicción diocesana.

“La apertura que nos propone el Evangelio a través de este texto implica no sólo llegar a los que están en el templo, sino a la periferia; a la gente que no pisa el templo pero que trabaja y colabora positivamente en la construcción del reino, incluso personas que no comparten nuestra fe cristiana. Un sacerdote en una parroquia no solo es pastor de los que van al templo, sino de todos. Cuando hay una desgracia en un hogar asiste no solo a rezar, sino para ser solidario”.

Por el sacramento del Bautismo, cada católico -como sacerdote, profeta y rey- comparte con Cristo el rol de Buen Pastor. El esposo, en el hogar con su esposa e hijos; el jefe, en el trabajo con sus subalternos; los gobernantes con su pueblo, los sacerdotes con sus feligreses y los obispos con su clero.

"Cuando decimos Buen Pastor nos referimos a un buen modelo. Jesús es el modelo de un estilo de vida, basado en la palabra que se dice, el gesto que se hace y las actitudes que se tienen. En definitiva, en una vida diferente. Jesús marca un estilo que asombra y porque asombra provoca esperanza, consuelo, alegría y una buena noticia”.

Mientras, el Código de Derecho Canónico, en el artículo 1 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus, promulga: “El Buen Pastor, el Señor Jesucristo, confió a los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y de modo especial al Obispo de Roma, sucesor de Pedro, la misión de hacer discípulos entre todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura de tal modo que quedara constituida la Iglesia, Pueblo de Dios, y el oficio de los Pastores de ese Pueblo suyo fuese realmente un servicio o diaconía”.

Más adelante, en el # 387, el documento enfatiza que el obispo está obligado a dar ejemplo de santidad con su caridad, humildad y sencillez de vida, debe procurar con todas sus fuerzas promover la santidad de los fieles, según la vocación propia de cada uno”.

“El obispo es principio visible de unidad en la Iglesia y está llamado a edificar la Iglesia en la comunión de todos sus miembros y vigilando que los diversos dones y ministerios contribuyan a la común edificación de los creyentes y del Evangelio”, concluyó Padre Rubén.

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“En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada”, (C.I.C. #1606).

 

Para responder a la crisis moral generalizada que enfrenta el matrimonio y la Iglesia doméstica, se estableció el Instituto de Matrimonio y Familia de la Pontificia Universidad Católica (PUCPR) en Ponce.

El Profesor Jorge Macías de Céspedes, coordinador del Instituto Matrimonio y Familia, está esperanzado en el impacto a la comunidad en pro del matrimonio y la familia.

“Nosotros en Puerto Rico, estamos viviendo unas realidades que son alarmantes; unas realidades sociales, económicas y espirituales de toda índole”, comentó el profesor Macías. Precisamente, esa es la realidad que combatirá el instituto.

“Si hay un buen matrimonio, automáticamente va a haber una buena familia. Si hay una buena familia, y hay muchas buenas familias juntas, va a haber una mejor sociedad”, afirmó.

El instituto cuenta con un comité de 6 personas de distintos campos del saber y buscará impactar a la comunidad universitaria y a la comunidad en general.

Según el profesor, los Encuentros de Pastoral Nacional y la Misión Continental incidieron en la creación del Instituto por iniciativa del Doctor Jorge Iván Vélez Arocho, Presidente de la PUCPR, y Monseñor Félix Lázaro Martínez, Obispo de Ponce y Gran Canciller de la PUCPR.

Al poco tiempo de su formalización, el Instituto celebró su primera actividad en octubre de 2012, donde se ofrecieron conferencias y se impartió un curso de tres días, titulado “Resolución de Conflictos y la Familia”.

Por otro lado, el Instituto sostiene conversaciones con la Universidad de Salamanca en la búsqueda de poder ofrecer una Maestría en Matrimonio y Familia para fines pastorales. El proyecto se espera que se materialice en algún momento del 2014, como explicó Macías de Céspedes.

Asimismo, el Instituto espera realizar alianzas con otros organismos en la PUCPR para brindar servicios a la comunidad. “A largo plazo, queremos trabajar en conjunto con el departamento de consejería, de asistencia legal y otros”, afirmó.

El próximo 26 y 27 de abril el Instituto realizará el Segundo Simposio de la Familia, que se verificará en la Sala Madre Teresa de Calcuta de la PUCPR de Ponce. Sexualidad, Pastoral de Divorciados y Espiritualidad en el matrimonio serán algunos de los temas.

“Lo importante de esto es ser parte del servicio que da la Iglesia a todas las personas que viven la realidad del matrimonio y la familia, y para aquellos que quieren trabajar por los matrimonios”, aseguró el coordinador en su exhortación a la comunidad a que se de cita en el simposio.

 

Los interesados en los servicios del Instituto pueden llamar al 787-841-2000, ext. 1455.

 

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“Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad”. (Juan 4:23)

 

Este domingo 19 de mayo, se celebra la gran Fiesta de Pentecostés. Así que la Iglesia Católica recuerda a cada uno de sus fieles que es por el Espíritu Santo, el Paráclito (Consolador), el Protector, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que se recibe toda la plenitud de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) enseña que “en este día se revela plenamente la Santísima Trinidad […] (732)”. Además explica de manera detallada el significado de los dones y frutos del Espíritu Santo.

“Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cfIs 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas”. (CIC 1831).

Esto demuestra la importancia de que cada cristiano sea ejemplo; como Cristo, del amor y la misericordia del Padre. Ya que “la manifestación del Espíritu Santo que a cada uno se le da es para provecho común” (1 Corintios 12:7).

‘La Iglesia es la comunidad del Espíritu’

Con estas expresiones, Mons. Ramón Albino, quien es párroco en la Parroquia La Milagrosa en Aguadilla y uno de los asesores a nivel nacional de la Renovación Carismática Católica, señala la importancia de reconocer, como versa el Catecismo, que “todo bautizado es Iglesia”.

“Y todo bautizado en consecuencia ha de adorar en espíritu y verdad siempre, viviendo la coherencia de su fe”, expuso el presbítero de la Diócesis de Mayagüez.

Además, que “la Iglesia se edifica por medio de los dones y carismas del Espíritu. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia”. Pero, “sin los dones y carismas no hay presencia eclesial auténtica”, puntualizó.

En cuanto a cómo deben manifestarse estos dones y carismas en la realidad pastoral en la Isla, Mons. Albino dijo “Puerto Rico necesita salvación, necesita la acción del Espíritu Santo, necesita los dones y carismas que son expresión de su presencia salvadora. Toda la Iglesia tiene que entrar en el dinamismo pastoral [...]. Tenemos los medios, tenemos el Espíritu Santo, es preciso asumir el reto y el riesgo de evangelizar hoy”.

Por otra parte, gracias a estos dones se pierde el miedo o el orgullo a predicar la Buena Nueva y alabar al Señor. “En nuestra Iglesia Católica hay muchos fieles, sacerdotes y laicos, que tienen carismas y dones, y estos son quienes atraen con mayor entusiasmo y números a los que buscan dar sentido a su vida, a quienes buscan salvación”, expresó el sacerdote.

 

Círculos de oración

“En esa alabanza hay que olvidarse de los problemas, las preocupaciones, las enfermedades, si empezamos a mencionarlos se convierte en una ‘quejabanza’. […]. Esta es una oración de tú a tú con el Señor”, con estas expresiones María Pinto, coordinadora nacional de la Renovación Carismática Católica (RCC) explicó el enfoque principal de un círculo de oración: alabar.

Por tal motivo, se puede definir los círculos de oración, como bien lo describió Pinto, como un grupo de hermanos, “que se reúnen para alabar y glorificar al Señor”.

“Cuando estás alabando, ahí tú entras en una adoración, te olvidas de ti, y en ese momento te puedes arrodillar, extender los brazos, ahí también puede venir la oración de humillación”, describió la feligrés carismática de la Parroquia María Reina de la Paz en Humacao.

Según mencionó la coordinadora nacional de la RCC, Puerto Rico tiene aproximadamente 367 círculos de oración, con una asistencia de 6,608 personas.

En cuanto a qué ocurre durante un círculo de oración (que se reúnen una vez por semana), Pinto explicó que el equipo de servidores “se mueve al Sagrario para pedirle al Señor que bendiga ese círculo de oración”.

Posteriormente, se comienza con avivamiento, con cánticos y el rezo de tres Avemarías. Prosigue con una reflexión breve de una lectura bíblica, luego los testimonios, y antes de terminar se ora por las necesidades de los hermanos. Se concluye con la bendición final.

“Estos elementos que se dan dentro del círculo hay que entender que no siempre se van a dar en el mismo orden”, aclaró Pinto.

En los círculos de oración se ha manifestado de manera especial el Espíritu Santo. Pinto indicó que han vivido la experiencia del don de ‘hablar en lenguas’ (1 Corintios 12:10), y en otros casos sanaciones. “Yo soy testigo de eso”, indicó Pinto, quien asegura que fue sanada de cáncer.

(Ana M. Recci)

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(Nota del Director: Primero de varios artículos.)

Nos asusta saber que nuestro País es el segundo en el mundo en divorcios proporcionalmente hablando. En el 2008 daban como estadísticas que de diez, siete se divorcian. Japón, sociedad tecnológica y pagana, tiene porcientos relativamente insignificantes. ¿Por qué aquí duran tan poco los matrimonios? Lo anormal (la excepción posible de un fracaso) ¡es aquí lo normal! Lo raro en este país es durar hasta la muerte con el cónyuge, al que solemne y públicamente se juró perpetuidad.

Cada caso es un mundo, ciertamente. Pero quiero reflexionar en esta serie de artículos en algunas causas. No serán alivio para los que ya fracasaron. Pero pueden servir de aviso para los novios que con ilusión y ansiedad se acercan al día de jurarse amor conyugal.

Una primera causa es que alguno de los dos –o ambos- no han asumido radicalmente este compromiso. Quién sea cuántos dirán lo que aquel galán argentino de telenovela: “la que se casa es ella, no yo”. De ahí brotan los famosos casados-solteros. Son personas que nunca han entrado de veras en el matrimonio; no se han mojado; sólo metieron el dedo gordo en el agua de la piscina. No han vivido de veras el matrimonio. Lo curioso es que después despotrican diciendo solemnemente que el matrimonio no sirve.

Hernán Cortés –según la leyenda- quemó sus naves en la costa de México para evitar en sus soldados hasta el pensamiento de la retirada. Solo quedaba el mar o la lucha con los indios para sobrevivir. Pero estas parejas de que hablamos no quemaron sus naves. Y como están allí en la playa, atractivas, con facilidad se suben a ellas ante las dificultades comunes. En realidad nunca se bajaron. Han estado casados, pero no han vivido en matrimonio.

El casado-soltero no cae en la cuenta de que, al casarse, ha surgido un cambio substancial en su personalidad, un cambio radical o profundo. Lo que te valía como soltero no te vale necesariamente como casado. Al casarte, automáticamente todo lo tienes que revisar. Es posible que estos amigos eran válidos cuando solteros, pero casados ya estorban. Tus padres ocupaban un lugar de prioridad en tus preocupaciones y cariño como soltero; casado, ya no ocupan el primer lugar: ese es para el cónyuge.

El matrimonio -como cualquier actividad que se emprende seriamente- exige todo tu ser. Dejar parte fuera es no vivir el matrimonio. Como el que guía un carro con un pie sobre la carretera fuera del vehículo, ni está dentro ni fuera; solo expuesto a un accidente. Eso expresaste al pronunciar el sí de amor al cónyuge delante de tu comunidad cristiana: “Todo mi yo se entrega a ti en salud y enfermedad, alegría o tristeza…”

No entenderlo íntegramente así es frustrarlo.

Hay muchas parejas que caminan cojas. Tan cojas que la misma Iglesia declarace la invalidez de esa relación. Nunca debieron haberse embarcado en esa aventura, porque sencillamente no existió una aceptación de lo que con la boca pronunciaban. Por eso les llegará el momento en que les caiga grande el compromiso y fracase el matrimonio. Saldrán de el, aunque en realidad nunca entraron. Mientras tanto funcionaron como anfibios, en dos aguas; o como ranas, que ni son renacuajos, ni peces en la charca, ni ranas en el jardín. ¡Tristes matrimonios!

 

(Para salvar su matrimonio o recibir orientación conyugal llame al 787-319-6331 y al 787- 751-6001.)

 

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Versan las Sagradas Escrituras que, después de su Gloriosa Resurrección, durante 40 días Jesucristo se le apareció a sus discípulos.

Las apariciones son documentadas en los Evangelios.

Al igual que el Vía Crucis, una reflexión profunda del Vía Lucis o Camino de la Luz puede robustecer su vida espiritual porque es una oración de gozo y alegría porque Cristo venció a las tinieblas.

Meditemos el Vía Lucis por la paz en Puerto Rico y el mundo.

 

I Estación

¡Cristo vive!: ¡Ha resucitado!

(Mateo 28, 1-7)

Los enemigos de Cristo, que persiguen a la Iglesia diseminando mentiras, se quedan absortos al contemplar un año más como los fieles celebran jubilosos la Resurrección del Señor. Los templos se desbordaron durante el pasado Triduo Pascual como una confirmación indiscutible de que la Verdad ha vencido a la mentira. La Luz del Resucitado, en la presente Pascua y siempre, venció las tinieblas y espera para iluminar tu hogar, tu vida, a tus seres queridos y tu cotidianidad. El mundo insiste en buscar entre los muertos al que Vive, pero con nuestros testimonios muchos creerán. ¡Fortalécenos, Señor!

 

II Estación

El Encuentro con María Magdalena

(Mateo 28, 9-10)

La mujer sorprendida en adulterio, redimida de su pecado por la Divina Misericordia del Señor, tuvo la dicha de convertirse en el primer testigo de la Resurrección de Cristo. Las personas convertidas al Evangelio después de una vida pecaminosa y que confiesan a Jesús como Camino, Verdad y Vida conocen muy bien cuánto Dios las ama. Pecador, hay esperanza. Entrégale a Cristo tus luchas y pasiones dominantes porque El es nuestra paz.

 

III Estación

Jesús se aparece a las mujeres

(Mateo 28, 8-10)

En su época Jesús restauró la dignidad de la mujer, considerada en la cultura de entonces inferior al hombre. Así, en una sociedad machista, como la del Puerto Rico de 2013, en que numerosas mujeres son víctimas de violencia doméstica, de acoso sexual y hostigamiento laboral, el Resucitado necesita de voluntades, manos, piernas y voces que denuncien las injusticias que se cometen contra la mujer y le comuniquen a las que sufren cuánto el Señor las ama.

 

IV Estación

Los soldados custodian el sepulcro de Cristo

(Mateo 28, 11-15)

Los portavoces de la cultura de muerte no conciben la esperanza más allá del sepulcro. Sus ojos están vendados y su corazón, en tinieblas. Por eso ceden tan fácilmente a la manipulación; a hipotecar por dinero sus principios y negar la Verdad. Adormecidos por la avaricia perdieron la oportunidad de renovar sus vidas contemplando al Resucitado. Soltemos las cargas que nos impiden avanzar en el camino de la Fe para ser capaces de descubrir el sepulcro vacío.

 

V Estación

Pedro y Juan contemplan el sepulcro vacío

(Lc 24, 12)

Juan y Pedro corrieron esperanzados. La esperanza anima, activa, levanta y moviliza. El cristiano que ha depositado su confianza en Cristo Resucitado no es un ser estático, quieto e inmóvil. Todo lo contrario: corre y se desplaza con celeridad a trabajar por el Reino, amando y anunciado la Buena Nueva. Y ahora que inicia la Misión Continental, en este Año de la Fe, la Iglesia necesita católicos comprometidos que den la milla extra por la Nueva Evangelización.

 

VI Estación

Jesús en el cenáculo muestra sus llagas a los apóstoles

(Juan 20, 19-23)

Por sus llagas fuimos sanados, profetizó Isaías. Y el cuerpo destrozado de Cristo, resucita glorioso, demostrando a sus discípulos como en la resurrección de los muertos la materia, por más corruptible que sea, se transformará por el soplo del Espíritu de Dios.

 

VII Estación

En el Camino de Emaús

(Lc 24, 13-32)

Lo reconocieron al partir el Pan. Y bien lo dijo: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del Cielo. El que coma de este Pan vivirá para siempre”. Eucaristía y Resurrección se complementan. A veces nos distraen tantos ruidos e intereses que desaprovechamos la bendición de reconocer a Jesús Resucitado presente en la Hostia consagrada. Puerto Rico necesita acercarse a la Eucaristía.

VIII Estación

Jesús confiere a los apóstoles el poder de perdonar los pecados

(Lc 24, 36-45)

Cristo instituye así el sacramento de la Reconciliación. El sacerdote perdona nuestros pecados, no por sus méritos, sino en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La confesión de nuestros egoísmos y otras faltas supone un paso de humildad que nos libera del orgullo que nos aleja de la sanación del perdón. Recordemos: la Divina Misericordia de Jesús es más grande que nuestros pecados y los del mundo entero.

 

IX Estación

Jesús fortalece la fe de Tomás

(Juan 20, 26-29)

Tomás necesitó ver y tocar para creer. Pero Jesús dice: ‘Dichosos los que creen sin haber visto’. La fe, una de las tres virtudes teologales, por consiguiente es don de Dios. El testimonio más convincente de la fe es el amor que se traduce en servicio a tiempo y destiempo. No olvidemos que otros hoy necesitan ver nuestras obras de amor para creer. La visita al preso, al enfermo o al anciano, incluso el servicio a los que reniegan de Dios y atacan a la Iglesia, son testimonios impactantes.

 

X Estación

Jesús Resucitado en el Lago de Galilea

(Juan 21, 1-6)

Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, dice el apóstol Pablo. Y la confianza absoluta en la Resurrección del Señor, impulsa la Barca de Pedro por los mares turbulentos de la cultura posmoderna que lo afirma y lo cree todo, excepto a Dios. Hemos de confiar en el Señor para no cansarnos de lanzar las redes en un Puerto Rico que gime y llora. La obra es de Dios. El nos fortalecerá como a los apóstoles en aquella noche infructuosa. ¡Animo!

 

XI Estación

Jesús confirma a Pedro en el amor

(Juan 21, 15-19)

A Cristo, si analizamos bien, lo negamos de muchas formas. La confirmación pública de nuestro seguimiento no debe ser un sacrificio, todo lo contrario: ¡un gozo! Tres veces Pedro negó al Señor y tres veces Jesús le pregunta si lo ama. Y ripostó cada respuesta con un mandato de servicio a sus ovejas… ¡Qué huérfano de amor está nuestro Puerto Rico! ¿Quiénes, si no los católicos que hemos comprendido la Verdad, somos llamados a apacentar un país sacudido por la violencia y el desamor? En verdad, ¿amamos a Jesús?

 

XII Estación

Jesús encarga su misión a los apóstoles

(Lc 24, 44-48)

Inicia la Misión Continental y se emprende la Nueva Evangelización en el Año de la Fe y ahora con el contagioso dinamismo del Papa Francisco. Mas hemos de recordar que la misión no es un proyecto aislado y mucho menos individual. Es una obra de Iglesia, comunitaria, de laicos y sacerdotes, que demanda sacrificio, entrega, oración y una entusiasta militancia para, de dos en dos o de cinco en cinco, comunicar a los cuatro vientos en Puerto Rico que sólo Cristo sana y salva.

 

XIII Estación

Jesús asciende al Cielo

(Lc 24, 50-53)

En el Credo repetimos que Jesús subió a los Cielos y desde allá regresará a juzgar a los vivos y muertos… Inmersos en el último Adviento de la historia de la salvación, lo menos que necesita el Señor es cristianos embelesados y cruzados de brazos, mirando al cielo. No, Cristo nos necesita con los pies bien puestos en la tierra, con las manos en el arado y revestidos con la armadura de Dios que menciona Pablo en Efesios 6 para que lo conozcan los que no lo conocen en Puerto Rico porque el Señor no quiere que nadie se pierda.

 

XIV Estación

La venida del Espíritu Santo en Pentecostés

(Hechos 2, 1-4)

El Paráclito impulsa a la Iglesia en el tercer milenio. El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, derrama sus dones y frutos en los bautizados que participan de los sacramentos de la Iglesia y se esmeran por propagar la Buena Nueva. Puerto Rico; sus calles ensangrentadas, sus jóvenes desesperanzados y sus familias rotas, necesita testigos, católicos valientes, discípulos y misioneros dispuestos a proclamar el Evangelio, más que con palabras, con su vida para que el mundo crea.

(Después de la reflexión de cada estación puede decir: Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya. Como anunciaron las Escrituras. Aleluya. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.)

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