La semana anterior, tuve la oportunidad de reflexionar acerca de la solidaridad y los niños, como parte de un artículo que escribí. Los entrevistados, un sacerdote y un pediatra católico, coincidieron en que la educación desde pequeños y el ejemplo que brindan los padres son herramientas fundamentales para rescatar esta virtud eminentemente cristiana.
Hace apenas unos días, me encontraba en una cita médica de rutina y me sorprendió muchísimo la dinámica entre una madre y sus dos hijos varones. Los niños, quienes tendrían entre 10 y 12 años, permanecían en la sala de espera, mientras jugaban con sendas consolas portátiles de videojuegos.
Al parecer, el mayor de los hermanos era quien poseía la más grande cantidad de juegos para los equipos electrónicos. Junto a él, descansaba una pequeña mochila en la que los guardaba y custodiaba, como si se tratase de un preciado tesoro.
Las diferencias entre los niños comenzaron a aflorar en el momento en que el más pequeño le pidió prestado al primogénito uno de sus juegos. La respuesta del hijo mayor fue contundente: “No”. El más chico, desesperado, le pedía “por favor” que accediera. En esta situación estuvieron por espacio de diez minutos, hasta que la madre habló.
Sin embargo, su alocución no fue del todo alentadora, pues en lugar de promover el amor y la solidaridad entre hermanos, le recriminó al pequeño por pedir prestado lo que le pertenecía al mayor. La progenitora dejó claro que, “eso es de él y, si no quiere prestártelo, pues no te lo presta”. Al escuchar esto, vino a mi mente la valoración que hace la Doctrina Social sobre la responsabilidad que tienen los padres con respecto a sus hijos.
La integridad con la que se debe educar a los niños queda asegurada cuando, “con el testimonio de vida y con la palabra, se educa a los hijos al diálogo, al encuentro, a la sociabilidad, a la legalidad, a la solidaridad y a la paz, mediante el cultivo de las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad”. (#242)
Fomentemos, pues, el amor fraternal que Jesús nos enseñó en su vida terrenal para que, en un futuro, contemos con seres solidarios y amorosos que difundan un mensaje de respeto e igualdad.

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Hace varias semanas, comenzamos una valiosa serie especial titulada “La censura del silencio”, en la cual pasamos revista y analizamos el rol de la prensa a nivel local e internacional. Nuestro punto de partida es, pues, la censura, esa prohibición a la divulgación de cierta información que se da, de parte del Estado en algunos países. Sin embargo, entramos de lleno, también, en lo que se conoce como “autocensura”, esa limitación que se imponen los dueños de los medios de comunicación y, por consiguiente, los periodistas, a la hora de publicar alguna noticia que pueda atentar contra sus intereses, a menudo, económicos y políticos. ¿Han leído los reportajes? ¿Creen que en Puerto Rico hay censura de parte del Gobierno? ¿Creen que en los diferentes medios de comunicación existe la autocensura? ¿Cómo evaluarían la labor de la prensa en la Isla?

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“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

No está aquí. Resucitó.” (Lc 24, 5-6)

La Pascua se inaugura en la Vigilia Pascual y se extiende por 50 días hasta Pentecostés. Es el paso de Jesucristo desde la muerte a la vida y, por consecuente, a su existencia definitiva y gloriosa.

¿Qué se espera de los católicos durante este tiempo? Los días de Pascua deben ser vividos y celebrados como un solo día. Han de celebrarse con alegría y júbilo, tal y como si se tratara de un único día festivo, un gran domingo.

Sobre todo, hemos de vivir con la mirada fija en Cristo Resucitado. Jesús resucitó y nosotros también resucitaremos hacia una nueva vida. Es la Resurrección de Cristo la columna vertebral de la Iglesia; nos da una firme esperanza y nos abre las puertas de la inmortalidad.

Por tal razón, aprovechemos esta Pascua para amar y perdonar más. Seamos solidarios con quienes lo necesitan; acerquémonos a los que sufren. Llevemos y vivamos la esperanza, porque: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.” (1 Co 15,14)

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En pocos días, dará inicio la Semana Santa, el momento más intenso de todo el año litúrgico. Este periodo demanda acompañar a Jesús en oración y reflexión durante los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección. A su vez, es el culmen de la cuarentena cuaresmal, la cual recorremos con profunda conversión para celebrar con fe el Misterio Pascual.

Sin embargo, en el mundo actual, aquejado por una crisis de violencia, ateísmo, hedonismo y secularismo, la Semana Mayor se ha convertido para algunas personas en signo de recreación, diversión, viajes, placer y ocio.

¿Qué hará usted durante esta Semana Santa? ¿Cómo piensa vivir este momento tan solemne? ¿Qué acciones realizará para intensificar su relación con Dios y para incrementar la solidaridad con el prójimo?

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